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Un centenario: el viaje de Rilke


Por Antonio Pau, El Mundo, Málaga. España

Se cumple este año el centenario del viaje del poeta Rainer Maria Rilke a España, un viaje que no sólo dejó profunda huella en su obra, sino sobre todo y eso es lo más interesante para nosotros– que dejó una profunda huella en la poesía española. Pocos poetas españoles, desde la posguerra hasta hoy, han podido negar la influencia decisiva de la poesía de Rilke en sus versos. Desde Luis Rosales y Luis Felipe Vivanco hasta Antonio Colinas y Andrés Trapiello, por citar sólo algunos de los nombres posibles. La gran poeta malagueña María Victoria Atencia ha reconocido en muchas ocasiones que la lectura de Rilke ha sido –junto a la de San Juan de la Cruz– la que más y mejor ha iluminado algunos de sus poemas.

Rilke llegó a Ronda el 9 de diciembre de 1912 y se instaló en el Hotel Reina Victoria, en una pequeña habitación que hace ya varias décadas se convirtió en un pequeño museo dedicado a su recuerdo. La habitación de Rilke se asoma a ese amplio paisaje que se extiende a los pies de la ciudad: la ancha vega del río Guadalevín, que se prolonga, en una llanura ondulada, hasta la serranía.

El hotel, regentado por ingleses, tenía un aire cosmopolita muy distinto del ambiente provinciano del hotel Castilla en el que Rilke se alojó durante su estancia en Toledo. El amplio jardín del hotel Reina Victoria avanza, como una quilla, desde el borde de la ciudad, y un pretil bajo separa ese amable recinto con pérgolas y fuentes, del abismo.

Las primeras cartas que Rilke envía desde Ronda muestran su entusiasmo por la ciudad. Pero a los pocos días de llegar a Ronda, Rilke empieza a sentir, de una manera cada vez más intensa, un doloroso desgarramiento interior: por un lado percibe la grandiosidad insuperable del lugar al que ha llegado, pero por otro lado percibe su incapacidad de convertido en palabra, de transformar el paisaje grandioso en un himno grandioso.

Al borde del suicidio

Rilke, en la época de su viaje.
No lo hace, y por eso su angustia crece hasta límites que no había conocido. En Ronda estuvo el poeta al borde del suicidio. Pero de pronto su ánimo cambia por completo. En la semana del 6 al 14 de enero de 1913, el poeta no sale apenas de su habitación del hotel. Un largo poema va surgiendo, verso a verso, encadenando imágenes, vivencias lejanas y escenas inmediatas que ve desde su ventana. Es la monumental Trilogía Española, el poema más extenso que Rilke escribió en España. En realidad son tres poemas, precedidos de tres números romanos.

El primer poema de la trilogía es una oración en que el poeta pide, con insistencia, que se haga realidad la ‘cosa’ –el poema–, que tan afanosamente persigue:

hacer de mí, y de todo esto,

una sola cosa, Señor

de mí y de lo que no conozco,

hacer la cosa, Señor, Señor, Señor, la cosa

que cósmica y terrenal como un meteoro,

sea la suma de todo gravitando en su vuelo…

El segundo poema anticipa una noción a la que, un año después, dará nombre: el espacio interior del mundo –Weltinnenraum–, la suma de todo lo visible y lo invisible que se fragua en el interior del hombre.

En el tercer poema, Rilke contrapone el paisaje artificial de la ciudad –con la enredada maraña de los ruidos– y el paisaje natural que tiene ante sus ojos –el cielo y la montaña, y esa cresta de tierra / que pisa allá a lo lejos un rebaño que vuelve a la majada–. Y se hace a sí mismo el propósito de ser fiel al abnegado modelo del pastor, que persevera en su dura tarea solitaria, por encima de las variadas inclemencias del tiempo

Hotel donde se alojó.
Sea pétreo mi ánimo,

y la obra cotidiana del pastor me resulte posible.

El día 19 de febrero, por la mañana temprano, Rilke arrastró su pesado equipaje de libros hasta la estación de ferrocarril de Ronda. En Madrid, el poeta se alojó en el Hotel Palace, que se acababa de inaugurar unos meses antes, en 1912. Sólo tenía que cruzar a la otra acera del paseo para ir al Museo del Prado. Lo hizo varias veces, y todas ellas contempló «los cuadros de El Greco con pasión, los de Goya con asombro y los de Velázquez con el mayor respeto posible». No hizo más. No tenía «ni fuerza ni decisión».

Un episodio fundamental

Pero quiero limitar el relato del viaje de Rilke –que estuvo también en Toledo, en Córdoba y en Sevilla– a este episodio de su estancia en Ronda, porque ese episodio es como una síntesis de su vida. Y no sólo de su vida: lo que le aconseja a su interlocutor en Las cartas a un joven poeta es precisamente lo que Rilke hizo en Ronda. A la obra –le dice– sólo se llega por la soledad y por el dolor. Si en Ronda escribió la extraordinaria Trilogía es precisamente porque Ronda le dio toda su belleza, y con ella se encerró y sufrió antes de alumbrar el poema.

Sí quisiera añadir algo sobre la influencia de Rilke en España. De los poetas de la generación del 27, Luis Cernuda es el que ha hecho una declaración más tajante de filiación rilkeana. «La breve estancia de Rilke en Sevilla, la coincidencia física mía con el poeta cuyo nombre y obra yo no conocería hasta años más tarde, respirando el mismo aire que él entonces, tal vez, ¿por qué no?, cruzándome con él desconocido por la calle, me causa siempre que la considero, no poca emoción; porque la obra de Rilke había de constituir para quien esto escribe una de esas filiaciones entrañables, uno de esos estímulos que nos son tanto más queridos y necesarios cuanto más extraño y hostil se nos vuelve el mundo en torno». Su poema en prosa Pantera –de Ocnos– es casi una reelaboración del poema Der Panther.

En la primera generación de postguerra, los poetas que se confiesan influidos por Rilke son Luis Rosales y Luis Felipe Vivanco. Luis Rosales lo dijo con claridad: «Creo que soy uno de los escritores que más influencia tiene o ha tenido de Rilke en España».

De la segunda generación de postguerra, los poetas más próximos a Rilke –no diría que los más influidos por el poeta alemán son José María Valverde y José Ángel Valente. Valverde ha sido uno de los mejores traductores de Rilke en España, y utilizo ese adjetivo tanto por la cantidad como por la calidad. Pero, aunque es habitual afirmar la influencia de Rilke en Valverde, creo que esa influencia no es excesiva: porque el tono a veces didáctico y a veces irónico de Valverde poco tiene que ver con Rilke, y sí mucho con Brecht. En todo caso se podría decir que una cierta influencia inicial de Rilke se va desdibujando, y muy tempranamente.

José Ángel Valente, que ha escrito páginas muy perspicaces sobre Rilke –Rainer Maria Rilke: el espacio de la revelación–, no revela influencia del poeta alemán. Su tono, de progresiva despersonalización y de progresiva austeridad verbal, nada tiene que ver con Rilke. «La palabra poética –escribió Valente– nos invita a entrar en un espacio vacío». Pocos espacios más llenos que los que ocupan –por el contrario– los poemas del poeta alemán.

Entre los grandes poetas vivos es sin duda Antonio Colinas el más próximo a Rilke. A lo largo de la vida de uno y de otro hay una entrega incondicional a la tarea poética. Por otro lado, el lenguaje poético de Colinas, tiene unos mismos ingredientes de fulgor y verdad. En ambas obras poéticas se percibe la misma «armonía de raíz órfica»: intensificada y depurada quizá en Colinas por influencia de Rilke. La aproximación o la convergencia de los tonos poéticos de uno y otro queda particularmente de manifiesto en aquellos poemas de Colinas en que éste, o bien reelabora poemas rilkeanos –Variaciones sobre dos temas de Rilke– o se sitúa bajo la sombra/cita de versos del poeta alemán –a veces en largos poemas como La tumba negra, o en libros enteros como Tiempo y abismo–. Y la influencia seguirá en los poetas del futuro. Porque la lección de Rilke, en su vida y en obra, por su pureza y su hondura, no decaerá con el tiempo.

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