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Thomas de Quincey. Entre el sueño y los días, por Juan Jiménez García


La monja alférez, de Thomas de Quincey (Pre-Textos) Traducción de Luis Loayza | por Juan Jiménez García

Revista Detour

Podría escribir unas palabras sobre el escritor inglés, pero tras el ensayo de Luis Loayza (traductor, también, de esta edición), De Quincey y la tela de araña, incluido en Libros extraños (editado igualmente por Pre-Textos), me embargaría una profunda vergüenza. Cómo decir algo, otra cosa. Qué sentido tendría. Dudas, siempre dudas. Y sin embargo, no sé, escribir algunas palabras. Que venía de familia adinerada, que lo perdió todo (comprando libros y siendo generoso… empezaba a despuntar como un tipo raro), que se casó con una campesina (el colmo de la desfachatez, en aquel inicio del siglo XIX), que empezó a tomar opio de forma esporádica y acabó consumiendo cantidades históricas (e imposibles). Que escribió pocos libros pero muchos artículos (de ahí provienen las obras que conocemos, por lo general) y que no abandonó Gran Bretaña, aunque viajó mucho a la manera de Flaubert: sin moverse del sitio. Pasó noches enteras, desde el atardecer hasta el alba, sentado inmóvil en una silla frente a la ventana (más allá, el mar). Y luego, la muerte a su alrededor. Siempre, desde pequeño. Luis Loayza escribe que elevó la digresión  a la categoría de arte y puede ser más interesante cuando divaga que cuando se ciñe al tema. Entonces pensé en los hilos del tiempo…

Pensé en Alberto Savinio. Pero ya pensaba en él cuando leía La monja alférez, que podría haber sido una vida más entre aquellas otras que contaban los hombres. Otro Maupassant. Savinio, como De Quincey creía en la digresión, solo  que para él podía ser motivo incluso de una nueva enciclopedia. Hasta su gusto por las notas a pie de página (que son un libro más) comparten (1). El narrador de De Quincey podría ser perfectamente otro Nivasio Dolcemare: es decir, él mismo. Su confuso doble imperfecto. Volvamos a Loayza: Lo que tenemos ante nosotros no son las aventuras de la monja militar española del siglo XVII, sino la conversación de un caballero inglés del XIX que relata, comenta y deforma a su gusto estas aventuras. No olvidemos que mientras el italiano era el gran diletante, entregado al cultivo de innumerables disciplinas y al gusto por la inteligencia, De Quincey era un periodista que intentaba sobrevivir, entre la miseria más absoluta y la más absoluta miseria. Esto, en cierta manera, le llevaba a instalarse entre las líneas de la vida de los demás, sin poder alejarse mucho. Y aún así…

En La monja alférez De Quincey antes que nada cita sus imprecisas fuentes y, con ello, se quita un peso de encima. Ahora ya puede mantener, libre de cargas, esa conversación. Digamos que coge lo que más le interesa, lo que no encuentra lo inventa y lo que no le interesa pues no está. Así Catalina de Erauso, una nueva hija en la familia de un capitán acomodado de San Sebastián, acaba en el convento con unos días, cuando debió de ser a los cuatro años. Allí, Catita, lleva una vida feliz y traviesa, hasta que decide marcharse, en los principios de su adolescencia. Y qué mejor manera para pasar desapercibida en su fuga que hacerse pasar por hombre, decisión que la acompañará buena parte de su vida. En su fuga llega hasta la Corte, que estaba en Valladolid, y de allí a Perú habían dos pasos, con naufragio incluido. Después de juicios, asesinatos, duelos, ejército, batallas, huídas, huídas y huídas, regresa a España, acogida por el rey y la Iglesia, y se convierte en una leyenda, con una muerte digna de ella (de la leyenda, quiero decir).

Y durante toda esa vida de recogimiento involuntario, fuga, transmutación, fuga, muertes, fuga, regreso, muerte, ahí está el escritor inglés y sus opiniones sobre la vida. Porque no debemos olvidar que De Quincey es el autor de El asesinato considerado como una de las bellas artes (2), y, por tanto, un campeón de la ironía, con un demoledor sentido del humor. No es que la vida de la monja alférez fuera muy divertida (tampoco lo fue la de él, por otra parte). Alguna vez pensé que la ironía solo es la forma humorística de la desesperación o de la frustración. De todos eso que nos causa una cierta persistencia de una realidad irreal. Ya no podemos ser, sin más, el niño que destapa la desnudez del emperador. Y vuelvo a dónde empecé, para terminar. Vuelvo a Luis Loayza, para el que la monja alférez perdida en las soledades americanas es un emblema de la violencia universal que De Quincey sintió desde niño. De Quincey, comedor de opio, entre el sueño y los días.


(1) Como las casualidades son solo encuentros fortuitos con lo existente, pensé seguir ese hilo y busqué evidencias del encuentro entre De Quincey y Savinio, separados solo por un centenar de años. Alberto Savinio tomo su seudónimo de Albert Savine, un escritor desconocido y traductor de Oscar Wilde y Thomas de Quincey al francés. Nada más necesitamos.

(2) Cuando apareció La literatura considerada como una tauromaquia, no pocos tomaron el título literalmente (la escritura considerada como una profesión de riesgo, incluso excitante: toda una tentación). Tuvo que salir Michel Leiris, su autor, y no se sabe con cuanta fortuna, para señalar que estaba parafraseando el título de Thomas de Quincey, luego debía ser interpretado como una ironía… Realmente, y a la manera kafkiana, todo el libro se interpretó desde un punto de vista serio y no irónico… Líbrese a los autores de sus intérpretes.

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