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Cajón de Dante – Un poema inédito de Andrés Catalán


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Cajón de Dante, sección dominical con cadencia quincenal, es una galería de textos de diversos estilos, géneros y tendencias, en que se mezclan de manera plural diferentes autores y temas. La finalidad es dar a conocer trabajos literarios de autores Pre-Textos que por distintas razones todavía no han sido publicados y que reposan en los cajones de los escritorios de sus autores o en los de la propia editorial.

El último premio Emilio Prados, Andrés Catalán nos ha dejado en este “Cajón de Dante” un poema del libro inédito Éxito aplazado, en el que se mezclan Ícaro y Aníbal Núñez, Robert Lowell y Fernado R. de la Flor, algunos trenes y algunas alas. Del autor salmantino, nacido en 1983, podemos decir que vive en Madrid y que es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca, donde ultima su tesis doctoral sobre relaciones entre imagen y poesía. Trabaja ocasionalmente como profesor de literatura para alumnos extranjeros. Es autor de Composiciones de lugar (VI Premio de Poesía Joven Félix Grande; UP José Hierro, 2010) y, junto al poeta ibicenco Ben Clark, de Mantener la cadena de frío (IV Premio de Poesía Joven RNE; Pre-Textos, 2012). Ha traducido libros de poetas como James Merrill, Robert Hass, Stephen Dunn o Philip Levine.

EL DANZARÍN DE SU ÓRBITA
(Aníbal Núñez)

Para Fernando R. de la Flor, por el hurto.

Si no se acierta el tiro, nos es indiferente
quedar a dos centímetros del blanco,
que a kilómetro y medio.

ROBERT LOWELL

Si la derrota hace falta cantarla
no está claro: quien canta reivindica,
dignifica, y tú dijiste

«rechaza

melancólicas bellezas de quien del todo
decide un día darse por vencido».

«Y sí»,

te contesté,

«yo no querría

jardín ni paraíso perdidos, ni la noble
apostura de quien se queda fuera,
mirando entre las verjas»,
pero si al menos
resultara posible una tragedia breve,
transportable, un armazón que caiga,
un gesto que sin sacudirse mueva algo
pero sin alboroto, no sabría
si debo de moverme —y hacia dónde—
para erigirme en Ícaro:

si solo al que se mueve se le ofrece
bronceada caída —eso es lo malo—
pero transformación al cabo, un centro
otro, pero también doradas
alas durante un tiempo, qué destino,
¿el mar? ¿el chapoteo? ¿es un estrépito
sordo también alarde
inmerecido de olas y de espuma?

Y sí, y si lo fuera, si posible
la tragedia en silencio, el ademán sereno,
habría que dudar de los raíles,
adjudicarme a mí todo el paisaje,
entre lo que se aguanta en alto
y lo que emplaza huida, tal vez
ceñirme a la ciudad que habito,
girar, girar como una rueda que gira y no
desplaza nada y a
nada sirve de sustento: danzar
en torno al cuadrilátero amarillo con iguales
tres lados menos uno, el que se canda a veces,
el que constata que no hay quien pueda
triunfar ni sobre qué triunfar. Lo sabe el hielo.

Y así, perder los trenes —o no, tal vez se trate
de no querer cogerlos— como quien no pretende
en realidad nada esbelto de sus propios giros:
si el vuelo excede al ala
cabría oponerle al plomo,
al movimiento recto, al mar lejano,
un naufragio espiral, una deriva lenta,
una estación sin nadie,
y que sea la luz, el terco amanecer
quien tenga algo —siempre tiene— que decir
del blanco y de la aleve puntería.

(Del Éxito aplazado, inédito)

+ Ver todos los libros de Andrés Catalán editados por Pre-Textos

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