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Un vendedor de palabras ajenas


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No sé muy bien qué se pretende de mí, desde mi condición de profesional independiente, cuando ya con cierta frecuencia soy solicitado a dar mi opinión sobre el actual escenario editorial de nuestro país. Aun a riesgo de estar equivocado, tengo para mí que la independencia no sea hoy distintivo ni marchamo de nada. Eso, si en algún momento se dio, se acabó. Todos los colegas que atisbo, salvo algunos, y no todos, asalariados en grandes grupos, se me antojan independientes.
El problema no estriba tanto en la tan cacareada independencia, como en lo que debería constituir para los profesionales de la edición una gozosa dependencia. Como agentes culturales, tal como gusta denominársenos –yo preferiría, mediadores o acreedores–, dependemos de algo tan serio y comprometido como sigue siendo la cultura. Dicha dependencia, además, debería obligarnos a un posicionamiento claro y sin paliativos de orden mercantil frente a aquella. Nosotros, quiéralo o no el edulcorado liberalismo rampante que falsea al liberalismo, no manejamos exclusivamente un producto, la cultura nunca lo ha sido ni lo será. Y en esa medida no estaría de más empezar a hacer el esfuerzo por saber distinguir entre aquello que pensamos cada uno de nosotros de la literatura y cómo asumimos esa responsabilidad quienes editamos en nuestras respectivas empresas culturales , y, sobre todo, cómo dicha concepción de cultura de la que deberíamos participar, ilumina nuestro trabajo de mediación.
Me cuesta repetirlo, pero a mi juicio hay dos tipos de editores perfectamente distinguibles en el actual panorama español –perdóneseme la simplificación– los que sólo están en función de tales cuando editan y los que viven con constancia e imaginación la aventura de la edición. Los que, en resumen, suelen ser seguidistas de consignas o intereses puramente empresariales, mercantiles o de las modas, y los que no. Los primeros, con legitimidad por descontado, parten de una concepción en rigor profesionalizada pero casi siempre mecánica, que les obliga a la creación y estimulación del más amplio posible sector de público susceptible de ser ganado para la causa del libro, afianzando así un mercado y una industria. Y los segundos asumen su relación con la literatura, el pensamiento, etc. en un mundo tan dinámico y poliédrico como es el de la cultura de nues-tros días tratando más de combatir en defensa de un lector gustoso, exigente, que de la simple conquista de un público circunstancial y manejable. Creo que entre ambas figuras hay diferencias sustantivas de concepción y conciencia intelectuales y, desde luego, profesionales.
No me gustaría, sin embargo, pecar de maniqueísmo con las recientes distinciones y conste, para quien quiera oírlo, que ambos modelos de editores no sólo merecen mi respeto, sino también mi consideración de saberles importantes para un país que no se ha caracterizado ni por desgracia se caracteriza, y más en estos momentos, por estar muy abocado a la cultura escrita. Grandes, medianos y pequeños, dependientes, independientes, etc. estamos llamados a complementar una labor que es tarea de muchos y siempre estará, a lo que se ve, por hacerse.
Para nosotros el problema empieza cuando el grande, ante el fracaso o agotamiento de sus estrategias de captación de mercado, pone sus ojos sobre los medianos confundiendo la naturaleza de las cosas, salvo, claro está, la de sus intereses. O viceversa, cuando el mediano o pequeño, tanto da, deslumbrado por los éxitos reales o virtuales –virtuales por voceados en los medios en los que tienen ascendencia los grandes– trata de emular a estos últimos con tácticas baladíes y destinadas, por una cuestión de escala, al fracaso. En dicho intercambio de papeles es donde comienza el problema, acaso la crisis, que dicen nos afecta. El mercado es el que es y el espacio de lectura con el que se cuenta en una sociedad tan mediatizada y condicionada por toda laya de «distracciones» también es el que es. Unos y otros –y me atrevería a decir a autores, libreros, críticos, jóvenes editores, distribuidores, etc.– pecamos del mismo espejismo. Pocos son los que tratan de salir de ese embrollo con imaginación creativa tanto en el campo de la estrategia cultural como empresarial.
¿Por qué, por poner sólo unos ejemplos, hemos sucumbido a la tentación de sumirnos, medianos y pequeños, en una inercia perversa de rotación de novedades impuesta precisamente por los grandes? ¿Por qué los grandes codician a los medianos y, a falta de imaginación creadora, acaban asimilándolos a golpe de talonario, y los medianos no dejan espacio para que los pequeños puedan descollar? ¿De dónde surge la falta de horizonte ético que afecta ya de modo preocupante en nuestros días a «tirios y troyanos»? Algo, a mi entender, insisto, inédito hasta ahora en el panorama editorial español. Ello se ve bien a las claras en la codicia que se ha despertado por arrebatarse autores y títulos consagrados por otros. Actitud vicaria que, pese a nuestros lamentos, sólo ha beneficiado a aquellos a los que les atribuímos muchos de los males que nos afectan, es decir, a desaprensivos de una y otra trinchera, intermediarios no deseados…
Esta suerte de inercia está llegando a extremos tan alarmantes, que ya no sólo se contratan obras sin haber sido escritas, sino que llegan a establecerse pactos y operaciones para que los propios autores, a través de sus agentes, desprovean a sus editores –esos que apostaron en tiempos difíciles por ellos y de cuyos costos de edición ni siquiera se han zafado– de títulos de sus respectivos catálogos, para después –colmo de las ironías–, esos mismos editores elevar el canto del cisne lamentándose desde sus tribunas de que, por ejemplo, hayan desaparecido las librerías de fondo. La hipocresía en nuestro medio está adquiriendo tintes patéticos. Y recuérdese además que la mayoría de los que así actúan fungen o fungieron como gente progresista y de izquierdas.
No nos deja tampoco de sorprender ver cómo nacen determinados sellos editoriales con clara vocación desde sus inicios a convertirse en un futuro, a ser posible no muy lejano, en suculento y atractivo bocado para los grandes grupos del «todo cabe y vale» y cuyos responsables «editoriales» tampoco van a tener la capacidad intelectual de evaluar en su justa medida. Tamaña insolvencia se transparenta también a veces en la prensa especializada: vemos a «primeras espadas» de nuestra crítica ponderar como ejemplares, traducciones o ediciones que no pasarían el más elemental examen filológico.
Un proyecto editorial, además de proyecto empresarial, es y debe ser antes de nada una empresa cultural en el sentido más lato. No quiero decir con ello que sea una labor exclusiva para diletantes, pero tampoco sólo para mercachifles. No conozco a uno solo de mis colegas que naciera, aun con ingenuidad y bisoñez, sin arriesgar. La evidencia de eso la tenemos en que mientras en España celebramos como un hito nuestras bodas de plata como editores, en la mayoría de los países de nuestro entorno las editoriales son centenarias.
Sellos españoles que comenzaban a ser señeros por haber desempeñado una tarea de gran trascendencia cultural para nuestro país desaparecen, son o serán engullidos en breve por grandes grupos mediáticos. ¿Se preservará su mayor riqueza, el fondo editorial que esas empresas han ido prodigando con el paso del tiempo? Mucho nos tememos que no. Sólo cabe remitirse a casos anteriores en los que esos fondos han sido sistemáticamente desarticulados cuando no «abaratados» o destruidos. Y nos preguntamos: ¿qué se compra cuando un gran sello asimila a otro con necesidad de ser asimilado?, ¿la marca, las personas, el patrimonio inmueble de la empresa o qué? Porque es evidente que preservar de la ruina y dar nuevas alas a esos fondos editoriales, a fin de que sigan estando a disposición de los lectores y estudiosos, no parece, aunque las apariencias engañen, ser lo más importante para estos grandes grupos. Y si no que se lo pregunten a Esther Tusquets o a Mario Muchnik o que el lector interesado se adentre sin más en sus memorias; allí verán reflejadas de forma meridiana cuáles son las prácticas de esas grandes empresas en relación con la riqueza cultural de las editoriales que engullen.
Queremos decir con ello que los que nos venimos dedicando con ahínco a vender palabras ajenas con la profunda determinación de dar cauce a las expresiones más sinceras y comprometidas con la cultura somos, hoy por hoy, un coto vedado para unos pocos, cercados por unas barreras sutiles que en cuanto se desvanecen o se distrae su necesaria y permanente vigilancia corremos el riesgo de ser confundidos o de ser digeridos por esas otras formas de actuación que no pertenecen ya al mundo de la cultura, tal y como venimos defendiendo, sino del espectáculo.
La cultura necesita referentes y proyectos que prevalezcan en el tiempo, las editoriales precisan, en este sentido, de fondos vivos que mantengan su vitalismo más allá de los modos o circunstancias puramente coyunturales. Esos son sus referentes, que vienen a actuar como mojones o balizas para poder orientarnos en el análisis de nuestra propia historia de cara al futuro. Sin esos puntos de referencia, hoy más necesarios de lo que el común piensa, acaban por borrarse o desaparecer; la desorientación y el fracaso están servidos de antemano, por más que nos distraigamos en apuestas macro-mega-multi-inter-empresarial «culturales» vacías de contenido vital y destinadas exclusivamente a divertir al consumidor, a hacerle pasar el rato.
Una visión inmadura, adolescente de la cultura, a lo más que puede conducir es a que, como Peter Pan, pierda su propia sombra. Y la sombra de la cultura en nuestro país se difumina paso a paso, imbuida como está de una autocomplacencia chabacana y frívola, desnortada y carente del más mínimo rigor salvo a la hora de atender con carácter exclusivo a la cuenta de resultados, cuando no a intereses espurios y siempre en pos de un amplio, contra más mejor, público circunstancial.
Aun a riesgo de sumarme al largo plañido que singulariza a las gentes de nuestro medio, no quiero dejar pasar la oportunidad de insistir en que reprocho la ignorancia de determinados comportamientos poco éticos creciente en nuestro medio. Y la hipocresía que supone declararnos independientes cuando, más a menudo de lo recomendable, creyéndonos, los editores, profesores de moral, damos lecciones de lo que está bien y lo que no. Bien a las claras vivimos en un espacio marcado por el dinero y el comercio, y por lo visto y vivido hasta la fecha, el mundo de la edición no ha sabido, no ha querido o no ha podido sustraerse a esa tentación. Si algún proyecto compromete nuestra cuenta de resultados lo dejamos de lado y editamos algo, sea lo que sea, con la excusa de la economía y de no comprometer «nuestra supervivencia» . De este modo transformamos lo que debería ser, incluso fue, una vocación en una profesión sin escrúpulos. En esa senda, no nos quepa la menor duda, nos equivocamos. Y así y todo, no dejo de ser optimista –para ser editor hay que serlo mucho–, porque soy de la opinión que cada vez más, el lector sabe cuánto le empobrece el que con hipocresía dice estar poniendo a su alcance obras imprescindibles que en el fondo son hijas de lo circunstancial y por ello totalmente prescindibles.
Insistimos en que es función del editor, del crítico, del librero, del distribuidor, del autor y de cuantos, en mayor o menor medida, están implicados en el mundo del libro, el crear lectores, no público o consumidores de libros. Asentar las bases de una cultura sólida, capaz de establecer un equilibrio entre conveniencia y necesidad verdaderas. Nosotros seguimos creyendo que la cultura puede ayudar al hombre.

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