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Sobre «El mundo hecho pedazos» de Lorenzo Oliván


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Cualquier lector sensible a la poesía y mínimamente atento puede vislumbrar sin esfuerzo a través del volumen que presentamos esta tarde a un poeta. A un poeta rebosante de buen sentido, de mirada atinada sobre la realidad en sus múltiples facetas y también a una persona, quizás un tanto decepcionada pero muy cabal, que sabe enfrentarse a una verdad, la suya, que tal como reza una de las reflexiones del libro, no tiene porqué conducir a otra.
El mundo hecho pedazos, aunque el título quiera contradecirlo, es un libro en el fondo optimista y dirigido a optimistas, pues nadie podrá discutirnos que alguien carente de optimismo esté en condiciones, tal como hace Lorenzo Oliván, de negarle a la vida la verdad que en estrecha complicidad con el tiempo mantiene al hombre en una suerte de ensimismamiento que le distrae o sustrae, tanto monta, al destino ineludible a que aquella le sentencia.
La sensatez, a lo mejor, no ayuda mucho a la fama de un escritor que ha renunciado por voluntad propia en cada uno de sus hallazgos, inducidos por la observación meticulosa y obediente de la realidad, o mejor, por sus conclusiones, al prestigio fácil que otorga en algunos el ingenio fácil y en muchos la simple estupidez disfrazada de genio que les hace creer que la mayor parte de lo prescindible es imprescindible, negándose en consecuencia el menor atisbo de autocrítica y haciendo que todo sea válido. Dicha honestidad de partida es la que ha movido a Oliván y ha hecho que todas las anotaciones de este libro sean, a nuestro juicio, importantes. Unas por fatalmente inevitables, por la indiscutible verdad que entrañan al imponérsele a través de su experiencia personal, y otras quizás más prescindibles, que hacen, sin embargo, más digeribles aquellas. Alguien, incluso, ha apuntado que ciertas anotaciones chisporroteantes de ingenio podrían haberse evitado, pero ahí tengo yo algo que decir tanto en mi condición de editor como de lector. A mi ver, insisto, son importantes porque nos sirven de calas, con un pie en la poesía, para sobreponernos de algo que se nos ha podido decir de gravedad o para reponer aire a fin de poder seguir asimilando lo que se nos va a espetar a renglón seguido. Realícese si se desea la prueba de elegir una al azar y comprobar si es o no prescindible, si lo es les devolvemos el dinero.
Bromas aparte, ese buen sentido en Lorenzo Oliván es una forma de su bondad, y dicha bondad rebosa y se manifiesta de modo poliédrico al través de las páginas de este, por el momento, su último libro. Podemos encontrarnos en él desde una poética subliminal hasta, si se nos apura, los fragmentos de lo que podría llegar a constituirse, quizás de forma más jalonada, en una guía ética de comportamiento, deducida, por supuesto, de las reflexiones de mayor calado cívico que también ilumina este volumen.
El mundo hecho pedazos rebosa, sin írsele nunca a su autor la mano, ingenio, pero dicho recurso en el caso de Oliván está siempre apoyado por su ya larga confianza en la imaginación -él apostó por ella cuando nadie parecía quererle dar crédito ni estaba de moda- engastada en un admirable dominio de la forma, por sus dotes sobradas para fijar la imagen que acaba haciendo que las cosas más insignificantes sean frutos que el pensamiento puede convertir, tal como señaló Vicente Gallego en una reseña sobre el libro, en materia nutritiva, y por una búsqueda de la musicalidad, de la indispensable naturalidad de la palabra.
Las anotaciones líricas que constituyen el libro de Oliván demuestran por su parte una capacidad poco común para la creación de una correspondencia entre cosa y persona. Es indudable que para conseguir todo ello Lorenzo ha tenido que preservar al niño que todos llevamos dentro y que le permite al poeta, al creador, ver el mundo con ojos renovados y en consecuencia nosotros con los suyos el mundo siempre como recién creado. Eso es algo que emociona y que yo al menos como lector le agradezco y no sólo desde el que soy, sino también desde el solitario que fui y hacía de la lectura en vez de una forma de aislamiento o sublimación del mundo, un medio para llegar a él, a la realidad, en suma.
Lorenzo Oliván ha demostrado tanto con El mundo hecho pedazos como con el resto de sus libros que en cada cosa por anodina que parezca hay poesía y ha tenido la virtud y el talento de saber reflexionar sobre la realidad a través de la pincelada lírica, no exenta de humor, de ese que actúa siempre a favor de las cosas y nunca en contra como suele hacer la ironía.
Nuestro autor ha conseguido, este libro lo demuestra, sorprender en muchas ocasiones a la realidad más común y cotidiana en flagrante actitud poética con una mirada que no puede, que no consiente detenerse en la superficie. Tampoco en el momento, aunque éste sea reclamado por las preguntas para ser contestadas, pues pasado ese momento ni siquiera vuelvan a plantearse.
No quisiera obviar decir que El mundo hecho pedazos se puede leer enésimo número de veces y siempre nos descubrirá no sólo un matiz nuevo, sino la revelación de una nueva verdad que acaba imponiéndose como tal por contigua a nuestra propia experiencia. No está en mi ánimo diseccionarlo, pero no estaría tampoco de más señalar que al menos el que les habla no ha encontrado ni una sola de las secciones en que está estructurado el libro caprichosa, ni en su título ni en su contenido. Baste recordar «El cascabel del gato» que parece estar dedicada exclusivamente al arte del ingenio, al más inteligente, se entiende, o aquella otra bautizada con gran propiedad «Menudos pájaros», donde el tono del libro alcanza por concentración quizás su mayor gravedad y que por su carácter bronco podría leerse como una suerte de catilinaria dirigida al hombre que se cree hombre, no al que vive sin más. Oigámoslo si no: «Es fácil sufrir como Cristo cuando uno tiene la certeza absoluta de que es hijo de Dios. Lo difícil es sufrir (como todo cristo sufre) sin otra certeza», ahí es nada. O aquella otra sección para mí con claros ecos bergaminescos de risa en los huesos que titula «Arenas de un desierto». Y permítaseme subrayar para cerrar el capítulo de las secciones la que tiene por nombre «Siete cuentos peregrinos», verdaderas joyitas de una rara precisión y economía literarias, sólo comparables a alguno de la misma naturaleza de, por ejemplo, Augusto Monterroso.
El único defecto que yo le encuentro a este libro -no tengo más remedio que dejar que se exprese el perro viejo que ya va siendo uno- es que en algún momento el lector pueda deducir por su gravedad, incluso en ocasiones bien a las claras, por su estoicismo -tal como manda la tradición del mejor pensamiento español- una actitud por parte del autor de nihilismo o desengaño frente a la realidad cuando en el fondo, siempre según nuestro parecer, lo que ha pretendido -algo muy humano, demasiado humano- es preservarnos del dolor presentándonos la propia experiencia que la realidad le ha infligido. ¿Mas no será ese «defecto» al que se debe toda obra de creación que se precie, nacida de una sensibilidad y fijada en una observación consecuente con lo que nos rodea y acontece? ¿No será el resorte necesario para que el hombre pueda sacar de la nada algo a lo que asirse para poder seguir soportando la intemperie de la realidad? Dicho defecto o recurso, qué duda cabe, es la propia obra, la obra fértil y vital en su doble faceta de arte y vida que todo verdadero creador debe estar en disposición y obligación de entregarnos.
Es claro, y con esto concluyo, que la inteligencia ayuda tanto a una de estas anotaciones líricas de Lorenzo Oliván como a uno de sus poemas, pero tan cierto como que un poema, aforismo o reflexión no se hacen sólo a base de inteligencia. El ingenio, igual que salpimenta una conversación aburrida puede ayudar a ponernos las cosas en claro, aunque, insistimos, si ni él ni la inteligencia logran allanar del todo el contorno del mundo, sí pueden acabar ayudando a imponer a su través una máxima de verdad por terrible que sea ésta.
Aunque creo haber conseguido evitar hasta ahora ilustrar mi parlamento con la lectura de ciertos aforismos de El mundo hecho pedazos -cosa que corresponde hacer en esta ocasión al autor-, no puedo resistirme a leerles éste que a mí me ha llegado especialmente y que creo puede ser el perfecto colofón a mi fárrago: «En silencio y soledad las cosas nos hablan con una boca tan pequeña que tenemos que aguzar el oído para oír aquello que le dicen sólo al alma».

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