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“De la frontera” de José Luis Parra


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Releyendo sus dos anteriores libros publicados por Pre-Textos (Los dones suficientes, 2000 y Tiempo de renuncia, 2004) y este que hoy presentamos, así como la documentación de que disponía acerca de nuestro poeta, volví sobre el texto que me sirvió de presentación a Tiempo de renuncia hace ya cinco años. Comprobé que mucho de lo que entonces dije tiene hoy la misma vigencia, de ahí que, aun a fuerza de repetirme insistiré sobre algunos aspectos de la obra de José Luis Parra que me siguen pareciendo relevantes.
Pero veamos antes que nada cómo comienza esta nueva entrega poética. De los epígrafes o citas con que se inicia me gustaría destacar la de Edmond Jabés, que dice: “un extranjero con, bajo el brazo, / un libro de pequeño formato”. Ese libro de pequeño formato al que hace referencia el poeta judío podría bien ser un pasaporte o un libro de poesía o ambas cosas a un tiempo, como así parece darnos a entender nuestro poeta Parra si atendemos al título de su nuevo libro De la frontera. Ambos libritos nos servirían, en cualquier caso, de salvoconducto. Y el de poemas es, sin duda, un claro pasaporte para ese nómada infatigable, para ese “hombre sin mundo”, que diría Günther Anders, en que ha devenido el sujeto contemporáneo. Y es que, como ya dijimos hace cinco años, es decir, ayer mismo: El tiempo de la poesía es un tiempo suspendido, una especie de milagro capaz de expresar ese mundo del que nos sentimos ya extrañados, excluidos, como extranjeros; capaz de expresar, en suma, la vida o quizás tan sólo un simple y breve instante suficiente para permitirnos atravesar fronteras. De la magia de la palabra depende en gran medida su milagro, el misterio que encierra, la perplejidad que provoca. No la palabra justa –eso queda más bien para oficio de letrados– sino justo la palabra, justo la palabra poética es la que hace patente esa escisión del sujeto, indaga en la brecha y subvierte nuestra manera cotidiana de entender el espacio-tiempo de lo real. En esto la poesía de José Luis Parra consigue notas muy altas y muy propias, sobre todo cuando se enfrenta a una realidad tan despiadada que se convierte en intolerable. Cuando se topa de bruces con una vasta extensión que resulta intransitable, con un terreno vedado, con un espacio prohibido. Ése es el reto que se le plantea al poeta. Y para superar ese reto, o al menos para intentarlo, deberá fundirse con el material mismo de la poesía, ser discreto, anularse en ella, consumirse en la palabra, de manera que el lector pueda llegar a comprender, a comprenderse y, tal vez, a redimirse, pues la redención del poeta, del buen poeta, ya le viene dada por su consunción en la palabra misma o por su silencio o, más bien, por la unión de ambos. O como ilustra muy bien a este respecto el antropólogo francés David Le Breton en su libro El silencio: “Toda palabra se alimenta en ese lugar sin espacio ni tiempo que, a falta de mejor denominación, llamaremos la interioridad del individuo: ese mundo caótico y silencioso que nunca se calla, rebosante de imágenes, deseos, temores, pequeñas y grandes emociones y que prepara palabras que incluso pueden sorprender al que las pronuncia”.

Dos son los poemas que sirven de preámbulo al libro que hoy presentamos: “Frío” y “El silencio”. Frío y silencio como los grandes límites, abismos o fronteras de toda existencia humana, que Parra presenta ante nuestros ojos, primero que nada, para que no nos llamemos a engaño. A continuación, como también hiciera en Los dones suficientes, da “paso a la aurora”, abre las ventanas de par en par y deja entrar la luz por esa herida, por esa grieta entre el sujeto y el mundo, entre lo interior y lo exterior. Al hilo de la lectura nos encontraremos entonces con un libro construido básicamente de amaneceres y crepúsculos, de cotidianeidad, naturaleza y vida, de memoria del exceso y muerte, de rememoración del esplendor y la ruina en la casa familiar, de la materia en descomposición que, por fortuna, se resiste a callar, pues de poder “escuchar el silencio, / el horror, el espanto nos dejarían sordos, / mudos, helados para siempre”.
Palabra, pues, “que nos colme y nos calme”, ya que nada es seguro, ya que todo es incierto, salvo la cruda certeza del frío y del silencio a los que tarde o temprano nos veremos abocados.
Poesía que nos redima gracias a la atención que aún es capaz de prestar a las señales que nos llegan de esa exterioridad ajena, como claramente leemos en ese breve y hermoso poema “Imágenes de un suicidio”, que podría incluso haberse quintaesenciado en forma de haiku y que dice así: “Tenía majestad aquel silencio. / Desde la orilla, poco a poco, / se adentró en lo profundo. / Círculos en el agua… / Esa perturbación tan sólo. / Y muy tenue, apenas perceptible / –pero qué redención más honda–, / se oyó piar a un pájaro / entre los juncos”. ¿Es el discreto piar de esa pequeña criatura lo que nos restituye a la vida o es la plácida frontera del bar Aduana la que mantiene vivo al poeta que se siente ya extranjero en las dos orillas de la laguna Estigia? ¿Tal vez la melodía de Eric Burdon que llega a nuestros oídos cuando ya todo está perdido o “los pájaros azules del canto”? ¿Quizás el súbito aroma del azahar o las campanas al atardecer? Sí, eso y mucho más, pero ante todo la palabra del poeta, ese tiempo suspendido capaz de expresar el mundo.

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