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La «Flor de sal» de José saborit


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No me negaréis que lo de hoy no es una presentación de un libro al uso. Hay entre la audiencia tanta cara conocida y comparto mesa en esta ocasión con amigos tan queridos que esto más bien parece una peña. De la que, por otro lado, me siento bien orgulloso. Así es que vais a permitirme que os siga tuteando y que me ahorre tediosos preámbulos protocolarios, pues conocéis de sobra a los que estamos aquí sentados.

No hay nada que satisfaga más a un editor que dar a conocer el primer libro de un autor que se estrena con él como poeta. Pero la satisfacción es aún mayor si además se da la feliz circunstancia de que este autor es también amigo y colaborador en un proyecto editorial común, como es la dirección de la colección “Correspondencias” de Pre-Textos, dedicada al arte y a la literatura, y de que también frecuenta el mismo gimnasio que uno. Dicho entre paréntesis, (no sabéis lo que dan de sí los baños turcos… Como en las películas de La cosa nostra, pues aunque digan que sudar tanto ayuda a adelgazar se pueden tomar en esos baños decisiones de verdadero peso. Sólo con deciros que el baño turco del gimnasio se ha convertido en mi segunda oficina, al menos para despachar con nuestro autor el catálogo de esa nueva colección y alguna que otra cosa más).
Pero no vayáis a pensar que ese aparente compadreo es algo tan llevadero para un editor que se precie e imagino que tampoco para un escritor que también se precie de serlo, como es el caso. Al contrario, precisamente esos vínculos profesionales y de amistad comprometen aún más nuestra labor. ¡Qué angustia la del editor que trata de ofrecer calidad literaria a su catálogo cuando un amigo le da a leer un original! Si además ese original es su primera obra poética ya todo se tambalea. Es entonces cuando el editor, antes de abrir el mecanoescrito empieza a dudar: “¿lo abro o no lo abro?, ¿será prudente leerlo?, ¿por qué no dárselo a leer a otro para que nos avance una opinión? Aunque, claro, precisamente por tratarse de un amigo uno ha de ser más sincero con él que con cualquier otro. Pero, y si no me gusta el libro, ¿dejará de estimarme como amigo?, ¿tratará de no coincidir conmigo en el baño turco? ¿me negará hasta la palabra?, algo, por su parte, de lo más lógico, pues, si no se la he aceptado por escrito, a qué viene entonces seguir hablando de nada conmigo.” Angustiosas cavilaciones, ¿no es cierto? Aun así, el editor, en un gesto de arrojo, se lanza a leer nada menos que un primer libro de poemas (la escritura más íntima que pueda haber en literatura) y termina en esta ocasión zambulléndose de pleno en él, porque, con gran satisfacción por su parte, va y descubre que le gusta, que una vez más el amigo no le ha defraudado. Y uno piensa lo mal que debe haberlo pasado también el pobre autor/amigo al confiárselo a uno como su editor potencial.

Pero bueno, “dejemos ya” –como decía en frase bien procaz Harvey Keitel en Pulp Fiction–, “dejemos ya de chupárnosla” y vayamos a descuartizar el cadáver. Una decisión de peso ésta, como las que se toman en los baños turcos. Pero a eso hemos venido aquí, ¿no?, a mostrar ante la peña la disección de un cadáver. Ahora, eso sí, de un cadáver exquisito al que, por cierto, no le falta nada de sal.
En este proceso de desmembramiento, y por cuanto me corresponde, voy a limitarme a hacer una primera, única y breve incisión en el cuerpo del delito; la casquería se la dejo a estos dos amigos carniceros, que para algo se les paga. (Lástima que uno de ellos no sea negro, dicho sea esto sin afán de ofender a ningún blanco, sino sólo por no poder estar a la altura de la escena de Tarantino). Y para rematar la faena, será el propio autor quien dará lustre a la mesa de disección, ¡Y aquí no ha pasado nada, señoras y señores!

El corte inicial, por mi parte, se limitará a dos poemas del principio del libro: el que le da título y el que nos habla de la montaña, motivo este último tan caro al autor, sobre todo en su faceta de artista plástico.
Empezaré leyendo el segundo, primero por orden en el libro:

(ver “Si la montaña”, p. 11)

Y sigo con el primero, segundo por orden en el libro:

(ver “Flor de sal”, p. 14)

¿Por qué he elegido estos dos poemas? En primer lugar porque no quiero extenderme más; en segundo, porque desentrañar el libro es misión hoy y aquí, de mis dos oficiantes matarifes; y, en tercero y más importante, porque considero que puede que ambos poemas sean la médula espinal de este exquisito cadáver. En ellos se dan las claves del quehacer del poeta: llegar a las entrañas de la tierra para descubrir la sal, recuperar la memoria del olvido, retomar la vida en sus más variadas expresiones, sobre todo poética, pero también pictórica, artística, creadora, familiar, amistosa en suma. Porque ¿qué es la amistad sino esa “esencia breve” a flor de agua en la salina y al mismo tiempo oculta en la íntima profundidad de la montaña? Sí, la amistad es la sal de la vida.

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