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Saborit y Sobczyk


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No hay nada que satisfaga más a un editor que dar a conocer a un autor, pero la satisfacción es aún mayor si además no es sólo uno sino dos escritores, que además son pintores y con los que se da la feliz circunstancia añadida de que sendos creadores son también amigos y colaboradores en un proyecto editorial común, como es la colección “Correspondencias” de Pre-Textos, dedicada al arte y a la literatura. José Saborit como codirector de esa serie y Marek Sobczyk como autor.
Pero no vayan ustedes a pensar que esa relación de amistad desemboca o ha respondido en algún momento a compadreo alguno, como tan mal acostumbrados nos tienen a ello algunos de nuestros políticos, no, al contrario, precisamente esos vínculos profesionales y de amistad comprometen aún más nuestra labor como editores. Hasta el punto de que en ocasiones la amistad se va gestando y enriqueciendo a partir de un trabajo en común, como es el caso. Para publicar un libro hay que tratar de favorecer entre autores y lectores un vínculo de amistad por parte del editor. Cuando alguien deposita en tus manos un original que es producto de su estricta intimidad está en cierto modo delegando en ti su confianza, una confianza que no puede traicionarse con ligereza o desdén. Y cuando se da esa circunstancia de entrega, se nos está a la vez emplazando a ser leales, y si la lealtad es una de las piedras miliares sobre las que se edifica la amistad, ésta nos conducirá ineludiblemente a la sinceridad. Es decir, el editor siempre está obligado, para bien o para mal, a aplicar un criterio de excelencia que sepa preservar al escritor y al lector del caos que supone publicar sin ton ni son o, en el peor de los casos, por motivos espurios, ajenos totalmente a lo literario o ensayístico.

De José Saborit diré que nació en Valencia, ciudad en la que reside y donde pinta, escribe y trabaja como catedrático en la facultad de Bellas Artes de San Carlos de la Universidad Politécnica. Su pintura ha sido expuesta en galerías de arte e instituciones, y recogida en diversos catálogos, los más recientes: Con el aire, Centro del Carmen, Generalitat Valenciana, 2008 y Más al sur, de su exposición monográfica recientemente clausurada en las salas de IVAM.
Que ha publicado en Pre-Textos sus dos únicos libros de poemas: Flor de sal (2008) y La eternidad y un día (2010) y que es autor de varios libros de ensayo relacionados con su labor pedagógica y artística publicados en otros sellos editoriales.
Su primer libro, Flor de sal, quizás sea el que más poemas contenga de temas relacionados con el arte y con su oficio de pintor, tales como «Dibujo», «La lechera» (dedicado al cuadro de Vermeer), «Membrillos» (tema recurrente en las naturalezas muertas y homenaje implícito a Antonio López y Víctor Erice, a quienes Saborit dedicó su libro El sol del membrillo. Una película de Víctor Erice sobre el trabajo del pintor Antonio López) o «El muro» (dedicado a la pintura), también «Apunte». En ellos y en todo el libro se dan las claves del quehacer del pintor y del poeta: llegar a las entrañas de la tierra para descubrir la sal, recuperar la memoria del olvido, retomar la vida en sus más variadas expresiones, poética, pero también pictórica, artística, creadora, familiar, amistosa en suma. Porque ¿qué es la amistad sino esa “esencia breve” a flor de agua en la salina y al mismo tiempo oculta en la íntima profundidad de la montaña? Sí, la amistad es la sal de la vida.

La eternidad y un día, que es, sobre todo una meditación acerca del paso del tiempo, contiene menos poemas en torno a la pintura, aunque también los hay y excelentes, como: «La pintura en el ojo» o «Monje mirando el mar» (inspirado en el cuadro de Caspar David Friedrich). Aunque, como decía, este último libro trate básicamente del transcurso del tiempo y de una meditación acerca de él, no encontrará el lector en Saborit una nostalgia por los “antiguos dioses griegos”, de los que escribiera Schiller en su famoso poema al que puso música Schubert, pues ya al comienzo del libro el autor nos advierte que “este terco planeta” en que vivimos no perteneció ni pertenecerá nunca a nadie. Y es precisamente esa ausencia de dioses lo que sirve de acicate y de reto para poder seguir viviendo una plena vida a la intemperie, asumiendo, esos sí, la libertad que ello nos brinda. Y esta labor de resistencia y soledad frente al desánimo o la desesperanza se articula no a través de la palabra dada, sino mediante la “palabra por venir” del “libro inimaginable, nunca escrito”. No resulta por tanto anecdótica la viñeta que ilustra la cubierta del libro, obra del propio Saborit (al igual que la de Flor de sal), y que nos muestra a un niño de espaldas, con un cubo y una pala, como dirigiéndose y mirando hacia la lejanía de un horizonte marino imaginable, pero inimaginado. A diferencia de aquel “Monje mirando el mar”, con su “nostálgica carencia de la unidad perdida”, con su “herida lacerante de la separación”, el niño de la cubierta, será el único capaz, precisamente por ser niño, es decir, por deberse tan sólo a lo que será en el futuro, y armado como está con dos utensilios (el cubo y la pala), de poder meter el mar en un agujero excavado en la arena. Esta actitud metafórica, lírica del niño es la que esgrime José Saborit a lo largo y ancho del libro, con el florete del “arte de la espera”, tan indispensable para poder madurar en la vida, en la escritura y en la pintura.

La amistad, por las personas y por la pintura, y el arte de la espera son las dos formas de vida o, digámoslo así, de una estética de la existencia a la que apuntan sus dos libros de poemas.

En cuanto a Marek Sobczyk, nacido en París en 1954, de madre polaca y de padre francés, diré que es pintor autodidacta, forma su espíritu, por una parte, en el eje de la tradición humanista centroeuropea y, por otra, en la línea de la tradición literaria francesa de índole conceptual, lo que le conduce a un itinerario cosmopolita y abierto sobre diferentes disciplinas (el mural, la escenografía, la escritura y la pintura).
Su constante interés por la filosofía y la poesía, así como su relación con el campo de las artes plásticas le llevan a trabajar e investigar en diferentes lugares de Europa.
Residió en Venecia, becado por el ministerio de asuntos exteriores italiano, para estudiar las técnicas muralistas.

En 1991 abre un taller en el norte de Holanda donde trabaja con el artista Robert Hogervorst en el proyecto de una revista de carácter filosófico y social en relación con el pensamiento de Joseph Beuys, que da lugar a numerosas conferencias y encuentros. Después de un viaje a Islandia, relacionado con el estudio del concepto paisajístico, es invitado por la Fundación Noesis de Barcelona.
Actualmente reside en Madrid.

En 2001 editó su primer poemario Ruido de cuerpo. Su pintura ha sido expuesta en diferentes galerías de arte e instituciones y recogida en diversos catálogos.
Y el año pasado apareció, en la colección «Correspondencias», que codirigimos José Saborit y el que les habla, para Pre-Textos en coedición con la Universidad Politécnica de Valencia, su libro De la fatiga de lo visible, una meditación sobre el devenir de la pintura actual y el mundo de la imagen. Libro breve, pero denso, profundo, de un atinadísimo y lúcido análisis en el que el autor «sostiene la vitalidad de la pintura a despecho de todos sus lunáticos excesos». Tan denso y sugestivo es que daría para varias mesas redondas de indudable interés dados los aspectos que en él se tratan en torno, no sólo a la pintura, sino al mismo hecho de la creación artística.
Leída más allá de la tercera parte del libro, tras un largo y necesario preámbulo, se tropieza uno con la primera, digamos, declaración de intenciones de su autor.
Aunque ya antes nos había dejado caer que: «Ser pintor significa asumir con más o menos humildad una opacidad que tiende a la ocultación». Y que: «La pintura persigue sin descanso el destino del cuerpo, es decir, ENCARNAR.» O que, «la pintura está para confrontarnos con el sentimiento de lo real». Y más adelante agrega: «Cada vez que la pintura trate de volver a encontrar la humildad será mediante un retorno a la naturaleza». Y en estos dos puntos es donde confluyen, cada uno a su manera, las pinturas de nuestros sendos invitados de hoy, en la humildad y en la naturaleza.
La humildad que se deriva de prestar ojos y atención a la vida mediante el arte de la espera, del que hablábamos antes, y que se concreta en la contención, en el despojamiento que consiste en eliminar lo superfluo «para llegar al origen del dinamismo», pues que «la pintura vive de un recogimiento y de un margen temporal y poético que fuera de lo visible está en el origen de toda emergencia».
Y la naturaleza, que en el caso de Saborit, de quien conozco más su faceta como creador plástico, es harto patente no sólo en su acercamiento detallista a la manera de un antiguo botánico, sino en la expresión más quintaesenciada de sus grandes paisajes de amplios horizontes y lejanías, dentro de la más humilde expresión, tendente a la desaparición, casi a la invisibilidad del blanco sobre blanco de sus cuadros antárticos.

Para Marek «el soporte pintura representa la antítesis de todos los soportes animados actuales», dado que estos nuevos soportes «estarían al servicio de una visión transitoria» y no de una visibilidad como la de la pintura, que gusta de ocultarse y a la que hay que desvelar continuamente.
Bulimia, aceleración, hiperactividad, urgencia, originalidad, desmemoria, globalización, exceso de visibilidad son algunas de las actitudes que caracterizan nuestra contemporaneidad y que también son tratadas en las páginas de este libro, claro está que en relación con el arte y la creación. Y a ellas contrapone nuestro autor las propias de la pintura considerada como «anomalía» dentro de la vorágine de la actualidad. A saber: Dieta frente a bulimia; sosiego frente a aceleración; pasividad frente a hiperactividad; paciencia frente a urgencia; humildad y «pobreza originaria» –que diría Ramón Gaya– frente a originalidad narcisista; memoria viva frente a desmemoria; cultivo del espíritu y de la unidad frente al consumo y la globalización, presencia de la ausencia frente a un exceso de visibilidad, más un largo etcétera. Pero eso sí, sin descuidar en ningún momento que «construir una modernidad en términos de ruptura sin tener en cuenta el pasado», como suele ser la tendencia actual, «es tan estúpido como negar que somos la consecuencia de una evolución».
A todas luces esa evolución viene auspiciada y espoleada por el desarrollo de las nuevas tecnologías.
Sano ejercicio, pues, el de la pintura y el de la poesía –tal como lo entienden Sobczyk y Saborit– para romper de una vez con este estado de cosas que embota nuestros sentidos y nos impide pensar, pues, y recurro para finalizar al maestro Ramón Gaya: «Una cosa es lo que sucede en o con el arte y otra lo que es el arte», «somos inventores por necesidad, pero creadores por fatalidad», «hay que romper con un estado de enrarecimiento, de vicio, y volver sin miedo a una especie de pobreza , a la inagotable pobreza original». Con todo lo que ello pueda conllevar de aislamiento, soledad e incomprensión por parte de esta sociedad, cultural y éticamente adolescente, en la que vivimos.

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