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Segunda parte de Javier Montes


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¿Quién dijo que las segundas partes nunca fueron buenas?

No puedo dejar de citar Los penúltimos, la primera y penúltima novela de Javier Montes, para tratar de esta su segunda novela, Segunda parte. Y no porque Segunda parte sea la parte segunda de la primera, sino porque ambas comparten inquietudes y rasgos comunes. El primero de ellos y leitmotiv en ambas, la soledad, de la que se deriva el problema de la comunicación entre las personas en Los penúltimos y, en Segunda parte, el de las personas entre sí y el de las personas con las cosas. También las formas de amar de cada cual a su manera.
En segundo lugar, tanto en la una como en la otra, la ciudad de Madrid aparece como telón de fondo en el que se desarrolla íntegramente la acción. En Los penúltimos es un Madrid nocturno de discotecas y bares de copas. En Segunda parte se trata de un Madrid anclado tanto en la Memoria, en los recuerdos de algunos de los personajes y en las imágenes fotográficas del pasado, pero inmerso al mismo tiempo en la actualidad. En ella su autor elige las noches de verano como un espacio sin memoria que impregna la acción de una rara melancolía.
Encuentros y desencuentros marcan asimismo el carácter discursivo de ambas novelas, pero así como en Los penúltimos los extraños y efímeros amoríos de su protagonista femenina desembocan en una búsqueda obsesiva entre los dos personajes principales de la trama: la chica sin nombre y Pedro; en Segunda parte la acción arranca con el distanciamiento amoroso de dos personajes masculinos: Rule y Miguel, hasta que entra un tercero en escena, Fred, y una nostálgica aficionada al séptimo arte, Patricia Lins, que mantuvo, allá por los años cincuenta, una relación no del todo correspondida, con el actor Farley Granger, protagonista, entre otras pocas películas, de La soga, de Hitchcock o Senso, de Visconti. Ella servirá de urdimbre en el juego de espejos que define la trama de esta serena novela, teñida del moroso transcurrir de las noches estivales madrileñas, de modo que si por el conflicto sentimental entre sus protagonistas podría haberse prestado la historia, desde el inicio, a asumir tintes de bolero, Javier Montes huye sin embargo como de la peste de esos desgarros “manchegos” y nos ofrece una visión sosegada y distante del dolor, la soledad y las pasiones humanas.
Miguel, el principal protagonista, desarrolla una mirada casi cinematográfica en la apreciación de cuanto le rodea, tanto en la descripción de exteriores-noche: La boda del comienzo, una puesta en escena coral, digna de las últimas películas de Robert Altman y de lugares reales como el paseo de Rosales, aquel que “cerraba Madrid por una de sus esquinas”, el Parque del Oeste o el Eva Perón, el templo de Debod, o Princesa y la Plaza de los Cubos; como en la de interiores: el bosque en el tejado o jardín asilvestrado de la casa de Patricia Lins en un edificio de Pintor Rosales y el interior de la misma, la casa de Rule o la de los padres de Miguel. También desarrollará esa misma mirada en el cuidado que presta a los diversos personajes que circulan por la novela, muchos con cierto aire de misterio y todos ellos tratados con exquisito mimo, a la manera de un François Truffaut. El escritor cuida, en definitiva, como un buen director de cine, de los personajes, de los objetos y de los escenarios, con una mirada que se detiene en los detalles más cotidianos, pero eso sí, siempre desde premisas puramente literarias, con un estilo en el que, frente al más lineal de Los penúltimos, aparece aquí con una sintaxis deliberadamente forzada, paradójica en ocasiones, con muchas vueltas y revueltas, pero con extremada precisión en aquello que quiere decir y en cómo quiere decirlo. Novela, pues, impecablemente escrita, en la que asistimos a un “segundo curso de ‘Montesología’” plagado de ausencias presentes y de presencias ausentes que dialogan entre sí con el afán de establecer hasta cuándo y hasta dónde nos es permitido echarlas de menos. Novela en la que las cosas nos hablan cuando su dueño desaparece y en la que no llega a adivinarse del todo si es más dulce el amor o su recuerdo.

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