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En la muerte de José Antonio Muñoz Rojas


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Ayer recibí la noticia, que no por intuida dejó de ser menos dolorosa. A las once y diez de la noche, Gracia Muñoz Bayo me llamaba por teléfono para comunicarme que su padre, José Antonio Muñoz Rojas, mi siempre joven amigo que no se resignó a cumplir su centenario, había ido a reunirse con Marilu, Pablo, Teresa y otros muchos nombres, entre hermanos, maestros y amigos, que lo esperaban ya hacía tiempo. La serenidad de Gracia al decirme que su padre había muerto a las once de la noche translucía el sosiego con que nuestro ya inolvidable amigo decidió despedirse de esta vida a la que había llegado y en la que había arraigado de modo tan gustoso. Como buen creyente la disfrutó con conciencia, pensó la vida como una novedad eterna espiritual y material por el amor permanente, por el amor de cada día, el amor que se levanta cada mañana.
Con José Antonio Muñoz Rojas, nacido el 9 de octubre de 1909 en su amada Antequera, se ha ido el último gran señor de este pequeño mundo nuestro de la literatura, como me decía hace un instante nuestro querido Andrés Trapiello. Y además se nos ha ido esencialmente un amigo.
Quienes tuvimos el privilegio de disfrutar de la amistad y la generosidad de tan singular como todavía desconocido poeta, sabemos que fue el hombre que debió ser, es decir, el hombre que fue resultado de su cultivo y su cultura, sin concesión al medio ni a la historia cuando la concesión no estaba en su propio convencimiento. José Antonio Muñoz Rojas fue dueño de firmes creencias y por eso le acompañaron hasta el final, a Dios gracias, sus dudas, sus profundas y bien arraigadas dudas en una fe inquebrantable. Hasta que no las resolvió, las dejó ir y quedó en paz consigo mismo no abandonó este mundo.
Fue un poeta con visión, con espíritu, virtud escasa en nuestros días, pues yo, que sentí su bonhomía tan cerca durante estos últimos y “efímeros” más de veinte años de amistad, sé hasta qué punto trató de comprender al hombre y comprenderse a sí mismo, de ver hacia dentro y caminar hacia fuera, uniendo en esa doble andadura el principio y fin de la existencia: la eternidad, eco de una voz. Esa voz que lo llamaba y le daba la esperanza de que se abriese la ventana, “como si abriéndose”, según sus propias palabras, “se abriera a un fulgor completo, como si la ventana no fuera sólo sino iluminación total de la explosión de la esperanza que llevamos dentro y que por fin nos inunda, la inundamos, y cesamos de ser lo que somos para ser lo que es y por siempre será dentro”.
El amigo, que nos protege de nosotros mismos, nunca muere mientras le sobrevivimos, pero no nos quepa la menor duda de que con José Antonio Muñoz Rojas desparece una manera muy delicada y noble de estar en este mundo, la de ese hombre verdadero de campo, lleno de finura para todo lo sutil que lo rodeaba. Con él se nos va ese saber aristocrático que, como decía JRJ, es el estado del hombre en que se unen un cultivo profundo del ser interior y un convencimiento de la sencillez natural de vivir: idealidad y economía.

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