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Archivo de ‘Reseñas’

Aisling Foster. Inquietudes irlandesas, por Juan Jiménez García


Pienso en la capacidad de la literatura para interpelarnos sobre nuestro propio presente desde realidades en apariencia lejanas. En cómo el mundo da vueltas en círculo y no solo el mundo, sino cada parte de ese mundo, como si fuera un extraordinario mecanismo lleno de engranajes. En esa dinámica, todas las historias nos hablan de algún modo de nosotros, por acción o por omisión, nos interrogan sobre nuestro presente desde distancias de otro modo insalvables. En la ligereza narrativa de A salvo en la cocina (y bien es sabido lo complicado que es llegar a la ligereza en tiempos pesados… y la sobreabundancia de los tiempos pesados), podemos encontrar no pocas inquietudes actuales. Es cierto que fue escrita en 1993 (y pensamos en veintiocho años como si no fueran nada, un soplo de tiempo), aunque remita a los años previos a la Segunda Guerra Mundial y de la independencia del Irlanda del Reino Unido, pero aún así no dejan de ser sorprendentes los ecos y las dudas que traslada a cuestiones actuales. Tal vez porque esas cuestiones son actuales porque atravesaron el siglo anterior y siguen instaladas en este, como eternas inquietudes: el nacionalismo y el papel de la mujer en un mundo que no fue construido para ellas (y aquí me queda la duda de para quién fue construido).

Pero, ¿de qué estamos hablando cuando hablamos de la novela de Aisling Foster? Rita Fitzgerald es hija de una familia bien, de origen inglés, sólidamente afincada en Irlanda. Sus preocupaciones son más bien escasas, más allá de pensar en el traje que debe llevar en la próxima fiesta y su impertinente hermana, pero tiene inquietudes juveniles. Inquietudes irlandesas. Piensa que debe seguir el curso del tiempo, y el tiempo, en aquellos momentos, exigía la independencia del Reino Unido, resolver la causa del Úlster (Irlanda del Norte), aprender ese complicado idioma autóctono, recuperar los valores tradiciones, y reconstruir una historia, cierta o idealizada, que pusiera los mimbres de la nueva vieja nación. Porque Irlanda, después de todo, lo que reivindicaba era su nacimiento no como nación moderna sino como nación vieja. El curso del tiempo debía ir hacia atrás. En esas, Rita conoce a Frank O’Fiaich (en realidad, Fee), un apuesto joven que aspira a ese país rural como tarro de esencias, nada dublinés. Está metido en la política y en la causa independentista y llegará lejos. Pese a la oposición nada feroz de la familia, se casan, y ahí empezará una curiosa existencia, que quedará marcada por un momento muy especial: un viaje a Estados Unidos para obtener fondos. De ese viaje, Rita se trae dos cosas que la acompañarán el resto de su vida: las joyas de los Romanov y el recuerdo íntimo de una camarada soviética.

Como Frank O’Fiaich tiene una idea muy precisa de lo que es ser irlandés, pero ninguna de las relaciones de pareja (y qué decir de la vida social, fuera de la causa nacional), Rita mantendrá su relación de amor con las joyas que custodia y con el recuerdo de aquella otra mujer y que le había hecho llegar a lugares y sensaciones desconocidos y deseables. Y con ello, su realista (y por tanto peligrosa) amiga Mary, su familia y sus reproches, su cocinera y una cocina, pasará poco menos que el resto de sus días, esperando que entre un poco de aire fresco entre todas las corrientes de la Historia. Y nosotros, página a página, vamos pensando también en nuestras cosas, en la actualidad de los días, aunque hayan pasado cien años. Y en esos círculos y engranajes que movían y mueven el mundo, incansables al desaliento.

REVISTA DETOUR: https://diarios.detour.es/literaturas/aisling-foster-inquietudes-irlandesas-por-juan-jimenez-garcia?fbclid=IwAR0A-uaoKexcHNAYpSzwTuU2A09mkPlN8c1Ppgst2C-0noKzZlnC5mTyxrQ

‘Casi de noche’ en la ciudad de Javier Vásconez.


Por Sylvia Miranda

“No, nunca veremos entrar un barco en las dársenas del puerto a menos que empecemos a soñarlos…”
Javier Vásconez

En medio de esta época de confinamientos forzados, de despedidas definitivas, de movimientos de masas digitales, de confrontación global con la miseria y la injusticia de una mayoría cada vez más grande, en este tiempo de miradas a un horizonte repleto de incógnitas con las que tenemos que seguir viviendo, un libro como Casi de noche, del gran narrador ecuatoriano, Javier Vásconez, se presenta como un íntimo y profundo asidero, como una oportunidad para detenernos un poco y, en la ficción, entrever la vida, una vida modelada por el filtro y el temperamento de su creador.

Casi de noche, sugestivo título que genera en el lector una expectativa, un misterio, como de caballos salvajes, como de noches de lluvia, como de pasos vacíos en ciudades transfiguradas por la nieve, que parece invitarnos a ir allí, lejos, donde algo todavía nos espera, un mundo totalmente otro y tan íntimamente nuestro.

En estas doce narraciones que constituyen esta antología, se despliega un universo literario que el autor ha ido construyendo como un Dédalo de la palabra, novela tras novela, relato tras relato, personaje tras personaje hasta conseguir un mundo autónomo, circular y abierto. Entrar en Casi de noche es penetrar en una ciudad andina de contornos reconocibles pero inciertos, pasear por sus viejas calles y comercios centrales, pero saber que la ciudad crece, se hace infinita y que no nos alcanzará la existencia para albergarla. Una ciudad muy latinoamericana en sus relaciones con la vida. Una ciudad desprovista de nombre, desde el momento en que toda ciudad es un espacio libre y plural por naturaleza, desde que la concebimos como una interpretación del mundo y, como tal, una ficción.

En su libro Las ciudades invisibles, Ítalo Calvino decía que éstas “son el sueño que nace del corazón de las ciudades invisibles.” Así, en toda ciudad reverbera otra, que habla en los silencios de la madrugada, que recorren y escuchan los vagabundos del alba, como diría el poeta cubano Fayad Jamís, y que busca ser traducida en noches de insomnio. Ciudades que ansían un puerto, como si pudieran cambiar de esta manera su historia, reclamando su propio derecho a la alteridad: “Ahora, cuando me he servido el primer whisky de la noche, tras haberme sometido al flujo de esta historia que comienza con la sirena de un barco sonando entre la niebla del puerto, aunque en esta ciudad jamás hubo un puerto. Sin embargo, el barco ya había atracado en el muelle haciendo sonar de nuevo la bocina. Ahora puedo constatar que el café estaba desierto, pues no había nadie que siguiera desde la penumbra el movimiento de los buques al amanecer.” (“Un extraño en el puerto”, p. 151).

Las historias de este libro nos hablan de un mundo cruento, aunque, como expresa Juan Marqués en el espléndido prólogo que acompaña esta edición, “La presencia del mal no es escandalosa, sino tácita, la corrupción no es algo que se exhiba directamente sino que va contaminando todo de una forma difícil de explicar, pero que literariamente funciona con enorme fuerza” (p. 16). En esa atmósfera densa, que tiene la calidad de los sueños o de las fantasmagorías, caminan, sin embargo, personajes que nos inspiran una dolorosa ternura, quizás porque están hechos de anhelos, de ansiedades, de continuos fracasos y de constantes esperanzas.

Estos personajes son errabundos que arrastran oscuramente un pasado, como el conocido doctor Kronz que en “El baúl de Lowell” se atreve a sentenciar con magistral ironía que “con el tiempo, incluso, una carta de amor se vuelve un instrumento de tortura” (p. 95). También Nikolai, el entomólogo de “Thecla teresina” –cuento que es un homenaje al gran Vladimir Nabokov- es un emigrado ruso en la ciudad que termina burlado, con justicia, por la joven e intrépida Zulema. En “Billy” es más bien William Faulkner, otro gran maestro, el que llega a la ciudad.

Encontramos también personajes ansiosos de un deseo que los trastoque, los rescate como Eva, la mujer del fotógrafo en “Eva, la luna y la ciudad”, o personajes heridos, indómitos finalmente, que se rebelan a su manera y sufren, como María, la mujer que se resiste a la soledad, al abandono de “Un extraño en el puerto”, el jockey César Lagos que paga con su vida el derecho a vengarse del despreciable Coronel en “El jockey y el mar” o Roldán, el asesino a sueldo que no llega a cumplir su venganza en “Crónica de la sangre”. Todos ellos personajes entresacados de sus novelas, que habitan la misma ciudad, a los que reencontramos, como a viejos conocidos, en estos relatos que parecen enfocar y ampliar instantes en el continuum de sus vidas o versiones posibles, y que coexisten con una serie de personajes que andan como perdidos, vidas diletantes que viven en tensión, al acecho, soñando en bares, en librerías o en viejas casas solariegas.

Pero hay otro personaje, el más camaleónico porque es un poco todos los otros y, a veces, él mismo. Es el que mueve los hilos de la trama y es tejido también en su propia tela: un escritor, un tal Javier Vásconez, que vive solo y que escribe en largas noches de insomnio en aquella ciudad, que observa todo, que mide cada frase, y que, a veces, se expone, cual personaje de ficción a la mirada. Es el escritor que aparece tan bien retratado en “Un extraño en el puerto”, uno de los cuentos más admirables.

El libro se cierra con el impactante relato, “Angelote, amor mío”, que tanto por su estructura, que se desarrolla en forma de largo monólogo interior, como por el riesgo que se va deduciendo de la truculenta historia que se nos desvela, nos permite aquilatar la ambiciosa temeridad con la que nuestro autor acomete el relato al calar tan profundamente en este personaje y nos convence, una vez más, de la coherencia ética y estética de una obra siempre intensa y sorprendente.

Sylvia Miranda
Madrid, enero de 2021
Javier Vásconez, Casi de noche, prólogo de Juan Marqués, Valencia, Pre-Textos, 2020, pp. 291.

Lea Goldberg. Mucho antes, tal vez siempre, por Juan Jiménez García


Empecé a escribir sobre Lea Goldberg. De su vida, de su juventud alemana, de la amenaza del nazismo, de su marcha a Palestina, de su condición de clásico de las letras hebreas. Y entonces: no pude escribir más. Si Lea Goldberg escribió unas cartas imaginadas desde un lugar imaginario, tal vez sea porque lo importante no era su vida, sino escapar a ella. Buscar esas puertas que Vladimir Holan decía que estaban pintadas en la pared. Frente a lo físico, lo incorpóreo. Imaginar otros mundos posibles, que también están en este. Frente a la persistencia de la realidad la permanencia de la escritura. Intento recordar fragmentos del libro y me resulta imposible. Pienso que esa dificultad para recordar determinados libros que me han dicho tantas cosas es que se trasladan en mi a un plano emotivo. Se convierten en algo íntimo, carente de forma. Todo sentimiento. Sí, debe ser eso. Pero como tuve la prudencia de arrojar, como en el cuento, migas para recordar el camino, quizás solo sea una cuestión de seguirlas.

En la primera página del libro, Lea Goldberg confiesa que las cartas realmente íntimas no se pueden publicar. Se entrega a la construcción de otro tipo de intimidad, una intimidad incierta, de lugares en los que no ha estado pero dirigidas a alguien que pudo existir. Vuelvo unos libros atrás. Pienso en Lidia Chukóvskaia cuando decía que no se puede soñar con algo que no se conoce. Con lo desconocido es posible que no, pero con lo intuido… Lea Goldberg entrelaza lo que fue y lo que pudo ser, y en ese viaje inexistente todo es cierto, porque ha existido de algún modo para ella y por su deseo de ser. Frente a un Berlín querido que desaparece, arrastrado por las aguas que se llevaron la República de Weimar (el sueño de algunas noches y algunos veranos), hay que encontrar un nuevo mundo en el que poder reconocerse y, sobre todo, reencontrarse con el ser amado, lejos de ella mucho antes, tal vez siempre.

A todas partes me llevo a mí misma, dice. Y el eco nos devuelve el peso del mundo, de un futuro Peter Handke. Reales o no, en los viajes siempre nos llevamos, incapaces del abandono. Le dan miedo esas ciudades grandes y desconocidas, que nacen y mueren en su imaginación. Pero ese miedo es otro miedo, esos temores otros temores. Lea Goldberg nació Königsberg, más tarde Kaliningrado, una de esas lugares que cambiaron de país repetidas veces sin moverse del sitio. Sus padres fueron judíos lituanos. Estudió en distintas ciudades alemanas, dio clases en Lituania, conocía varios idiomas. Un mundo sin fronteras e inabarcable en tránsito hacia un abismo. Y ella, siempre ella, lo único que permanecía. Como la escritura. Las personas se acercan, se abandonan y se vuelven a encontrar. Qué raro se nos hacen ahora esas vidas líquidas en esta nueva vieja normalidad solidificada.

Pero, después de todo, Cartas desde un viaje imaginario, es un libro que está escrito, como la propia autora indica en una suerte de prólogo, desde la soledad de una joven que recuerda cosas que no he visto en su vida. Una joven de veinticinco años que se despide de esas y otras cosas, de los lugares y las personas, porque el mundo conocido irá hacia un sitio y ella hacia otro, últimos pensamientos hacia nuevas realidades. Otra vida, ya no por imaginar, si no por vivir. La distancia entre una habitación y todo lo demás. Y este libro es ese instante de cruce de innumerables caminos: unos que vienen de, otros que van a, otros que ni tan siquiera están en los mapas conocidos. Después de todo, hay una frase capaz de encerrar todo el libro en ella: Un poema es un poema. A lo que más se parece es al amor.

REVISTA DETOUR: http://diarios.detour.es/literaturas/lea-goldberg-mucho-antes-tal-vez-siempre-por-juan-jimenez-garcia?

Louise Glück, Premio Nobel de literatura 2020


«A Louise Glück le hemos publicado siete títulos, el último, Una vida de pueblo, acaba de salir en mayo de 2020, en plena pandemia. Todos ellos son bilingües y responden a las traducciones de grandes poetas de nuestra lengua como Adalber Salas, Abraham Gragera, Mirta Rosenberg, Mariano Peyrou o Andrés Catalán, entre otros.

Louise Glück ya había sido premiada con el Pulitzer por The Wild Iris (El iris salvaje, Valencia, en trad. de Eduardo Chirinos, Pre-Textos, 2006). No es la primera vez que alguno de los autores contemporáneos de la editorial han recibido el Premio Nobel de Literatura, autores de la talla de Elias Canetti, Elfriede Jelinek, Patrick Modiano y el año pasado Peter Handke. En cualquier caso, para nosotros es una gran satisfacción la concesión de este galardón a una autora como Louise Glück, pues viene a ratificar la calidad poética por la que siempre apostamos en nuestros títulos.

El poeta Jaime Siles definió una vez, con ocasión de la publicación de Las siete edades (Pre-Textos, 2011), que para Glück la poesía era «aquello que devuelve la antigua unidad de lo perdido, pero que, al hacerlo, no reduce nuestro “cargamento de dolor”». Su poesía es una poesía íntima, cercana, que nos habla de las cosas cotidianas, esas que nos rodean en el día a día y que configuran nuestro modo de entender y vivir la vida.»

Wilhelm Heinse. La búsqueda de la totalidad, por Juan Jiménez García y Francisca Pageo


Ardinghello y las islas afortunadas, de Wilhelm Heinse (Pre-Textos) Traducción de Eustaquio Barjau | por Juan Jiménez García y Francisca Pageo

Más de doscientos años nos separan de Wilhelm Heinse como nos separan de Goethe o de Hölderlin, sus contemporáneos (y también los nuestros). En su vida, un hecho significativo que habría que, más que cambiarle, reafirmarle: su viaje a Italia en 1780. Un viaje que duró tres años y que sin duda contiene en sí los fundamentos de Ardinghello y las islas afortunadas. Hay un retrato suyo que, tras leer el libro, se nos presenta como el único posible. En él, todo es intensidad y desafío. Nos remite al Sturm und Drang, movimiento literario del que fue afín. Tormenta e ímpetu. Cómo no ver en el protagonista de su novela tantas cosas de sí mismo. Si no su vida, cosa difícilmente posible, sí sus sueños. Y hablamos de novela y hablamos mal, porque esta es una obra que encierra tantas cosas…  Aventuras, amoríos, política, tratado de arte, diálogo filosófico, utopía,… Kunstlerroman o novela de artista. La búsqueda de la totalidad, siempre condenada al fracaso pero siempre vencedora en su intensidad de montaña rusa de escritura y pensamiento. Cuando apareció, las opiniones fueron encontradas. Goethe o Schiller no la apreciaron; Herder o Heiner sí, con entusiasmo. Y desde entonces ahí fue. Atravesando épocas y dudas.

Ardinghello es el seudónimo que se ha dado Frescobaldi, noble florentino de familia caída en desgracia, muerte del padre incluida, pintor aficionado, amante del arte y de la belleza, también la de las mujeres. Lejos de esos héroes atormentados, él vive la vida con una apasionada vitalidad. Se enamora fácilmente y siempre parece que con ello llegará el fin de la vida tal como la conocemos y tal vez del mundo, pero no tarda en encontrar otras razones para persistir en su búsqueda de un ideal, que finalmente parece encontrar. Igual que corre tras las mujeres, corre tras los piratas. Igual que corre tras los piratas, tras la venganza. Tal impulsividad puede llevarle hasta a construir países, y también lo hace, como una utopía más. Pero esas aventuras no le impiden dedicar su tiempo a largas conversaciones, verdaderos estudios, sobre la pintura, la filosofía o la política. Escritor y protagonista se unen en uno mismo y no solo eso acaba reunido. Ardinghello, personaje y obra, buscan, como dije, la totalidad. Y hacia allá marchan.

En Ardinghello encontramos un tratado no solo de la teoría del arte, sino de cómo consideramos el arte, la belleza y la naturaleza. Las tres a la búsqueda de lo activo de la vida, de una moral construida con palabras, como alimento y elevación. Hay cierta metafísica platónica en las palabras de Heinse. Una novela que encierra un tratado filosófico (como encierra un tratado de sobre el arte). La filosofía y el arte, al fin y al cabo, buscan cosas parecidas: preguntas en las respuestas, respuestas en las preguntas. Un arte ilustrado, conocedor de formas y colores, de luces y sombras.

La mujer acaba por encontrarse con el arte en la vida de Ardinghello, en ese laberinto de setos altos por el corre y corre, sin buscar ninguna salida. Aparece Fiordimona y con ella la realidad. ¿Y qué puede el arte contra la realidad? Lo tangible contra lo intangible. Y Heinse, a quién se considera un precursor de las ideas del socialismo, también nos habla de su sociedad ideal, en la que, como en Ardinghello, todo acaba reunido bajo el gobierno de la libertad y la belleza. La igualdad entre hombres y mujeres o el amor libre va unido a la transmisión de la cultura, el arte, la ciencia. De nuevo esa búsqueda del absoluto, ese no renunciar a nada desde la misma infancia. Buscar, buscar, buscar de nuevo para encontrar. ¿Qué? La Eternidad.

Thomas de Quincey. Entre el sueño y los días, por Juan Jiménez García


La monja alférez, de Thomas de Quincey (Pre-Textos) Traducción de Luis Loayza | por Juan Jiménez García

Revista Detour

Podría escribir unas palabras sobre el escritor inglés, pero tras el ensayo de Luis Loayza (traductor, también, de esta edición), De Quincey y la tela de araña, incluido en Libros extraños (editado igualmente por Pre-Textos), me embargaría una profunda vergüenza. Cómo decir algo, otra cosa. Qué sentido tendría. Dudas, siempre dudas. Y sin embargo, no sé, escribir algunas palabras. Que venía de familia adinerada, que lo perdió todo (comprando libros y siendo generoso… empezaba a despuntar como un tipo raro), que se casó con una campesina (el colmo de la desfachatez, en aquel inicio del siglo XIX), que empezó a tomar opio de forma esporádica y acabó consumiendo cantidades históricas (e imposibles). Que escribió pocos libros pero muchos artículos (de ahí provienen las obras que conocemos, por lo general) y que no abandonó Gran Bretaña, aunque viajó mucho a la manera de Flaubert: sin moverse del sitio. Pasó noches enteras, desde el atardecer hasta el alba, sentado inmóvil en una silla frente a la ventana (más allá, el mar). Y luego, la muerte a su alrededor. Siempre, desde pequeño. Luis Loayza escribe que elevó la digresión  a la categoría de arte y puede ser más interesante cuando divaga que cuando se ciñe al tema. Entonces pensé en los hilos del tiempo…

Pensé en Alberto Savinio. Pero ya pensaba en él cuando leía La monja alférez, que podría haber sido una vida más entre aquellas otras que contaban los hombres. Otro Maupassant. Savinio, como De Quincey creía en la digresión, solo  que para él podía ser motivo incluso de una nueva enciclopedia. Hasta su gusto por las notas a pie de página (que son un libro más) comparten (1). El narrador de De Quincey podría ser perfectamente otro Nivasio Dolcemare: es decir, él mismo. Su confuso doble imperfecto. Volvamos a Loayza: Lo que tenemos ante nosotros no son las aventuras de la monja militar española del siglo XVII, sino la conversación de un caballero inglés del XIX que relata, comenta y deforma a su gusto estas aventuras. No olvidemos que mientras el italiano era el gran diletante, entregado al cultivo de innumerables disciplinas y al gusto por la inteligencia, De Quincey era un periodista que intentaba sobrevivir, entre la miseria más absoluta y la más absoluta miseria. Esto, en cierta manera, le llevaba a instalarse entre las líneas de la vida de los demás, sin poder alejarse mucho. Y aún así…

En La monja alférez De Quincey antes que nada cita sus imprecisas fuentes y, con ello, se quita un peso de encima. Ahora ya puede mantener, libre de cargas, esa conversación. Digamos que coge lo que más le interesa, lo que no encuentra lo inventa y lo que no le interesa pues no está. Así Catalina de Erauso, una nueva hija en la familia de un capitán acomodado de San Sebastián, acaba en el convento con unos días, cuando debió de ser a los cuatro años. Allí, Catita, lleva una vida feliz y traviesa, hasta que decide marcharse, en los principios de su adolescencia. Y qué mejor manera para pasar desapercibida en su fuga que hacerse pasar por hombre, decisión que la acompañará buena parte de su vida. En su fuga llega hasta la Corte, que estaba en Valladolid, y de allí a Perú habían dos pasos, con naufragio incluido. Después de juicios, asesinatos, duelos, ejército, batallas, huídas, huídas y huídas, regresa a España, acogida por el rey y la Iglesia, y se convierte en una leyenda, con una muerte digna de ella (de la leyenda, quiero decir).

Y durante toda esa vida de recogimiento involuntario, fuga, transmutación, fuga, muertes, fuga, regreso, muerte, ahí está el escritor inglés y sus opiniones sobre la vida. Porque no debemos olvidar que De Quincey es el autor de El asesinato considerado como una de las bellas artes (2), y, por tanto, un campeón de la ironía, con un demoledor sentido del humor. No es que la vida de la monja alférez fuera muy divertida (tampoco lo fue la de él, por otra parte). Alguna vez pensé que la ironía solo es la forma humorística de la desesperación o de la frustración. De todos eso que nos causa una cierta persistencia de una realidad irreal. Ya no podemos ser, sin más, el niño que destapa la desnudez del emperador. Y vuelvo a dónde empecé, para terminar. Vuelvo a Luis Loayza, para el que la monja alférez perdida en las soledades americanas es un emblema de la violencia universal que De Quincey sintió desde niño. De Quincey, comedor de opio, entre el sueño y los días.


(1) Como las casualidades son solo encuentros fortuitos con lo existente, pensé seguir ese hilo y busqué evidencias del encuentro entre De Quincey y Savinio, separados solo por un centenar de años. Alberto Savinio tomo su seudónimo de Albert Savine, un escritor desconocido y traductor de Oscar Wilde y Thomas de Quincey al francés. Nada más necesitamos.

(2) Cuando apareció La literatura considerada como una tauromaquia, no pocos tomaron el título literalmente (la escritura considerada como una profesión de riesgo, incluso excitante: toda una tentación). Tuvo que salir Michel Leiris, su autor, y no se sabe con cuanta fortuna, para señalar que estaba parafraseando el título de Thomas de Quincey, luego debía ser interpretado como una ironía… Realmente, y a la manera kafkiana, todo el libro se interpretó desde un punto de vista serio y no irónico… Líbrese a los autores de sus intérpretes.

XXXVIII Premios Literarios Ciutat de València


El Excmo. Ayuntamiento de Valencia convoca los XXXVIII Premios Literarios Ciutat de València en sus cuatro modalidades: narrativa, poesía, teatro y ensayo, cada uno de ellos en valenciano y castellano. Los premios cuentan con dotación económica y la publicación de las obras premiadas de narrativa, poesía y ensayo en castellano en la Editorial Pre-Textos.

Consultar aquí las bases completas.

Plazo de entrega: del 10 de junio al 22 de julio de 2020

Ver todos los libros ganadores de las ediciones anteriores.

Antonio Pereira, entre la seda y el hierro


Estos apuntes, quizá porque no estuvieran destinados a ser publicados, ponen de manifiesto cómo era Pereira, su carácter, sus pequeñas vanidades y su gran sentido del humor.

Él fue uno de esos escritores que tenían una voz personal, auténtica, y no como tantos otros que solo parecen disponer de una estrategia para medrar.

Como un dietario se presenta este libro en la contracubierta, aunque en un par de entradas el autor dude de la adscripción a dicho género. Así, se refiere con displicencia a estas páginas como «diario o agenda o lo que sea», y en una de las entradas más interesantes, correspondiente a 1992, completa la reflexión: «No suelo pensar en por qué redacto estas notas, que no son lo que se dice un diario» (pp. 80 y 276). En realidad, han sido el semillero que alimentó libros misceláneos del autor, como La divisa en la torre (2007), donde ya aparecen recogidos algunos de estos textos, si bien presentados como cuentos o artículos. Sea como fuere, si a algún género clásico pudiera adscribirse este conjunto de prosas sería al diario, pues por su estructura y tono, cada una de las entradas aparece titulada, lo que no resulta frecuente, y fechada, de modo que es como lo recibirán buena parte de los lectores. Siguiendo con la definición de los géneros, le critica a Michel Tournier —asiste a una conferencia suya en 1992— que no aclare las diferencias entre conte, récit y nouvelle. Pero, al mismo tiempo, desaprovecha la ocasión de aclaranos qué pensaba él sobre este asunto. Y a tenor de lo que comenta, siguiendo el ejemplo de Las afueras, de Luis Goytisolo, un ciclo de cuentos, cree viable convertir unos relatos en novela.

El título del libro proviene del nombre de la sección que Pereira mantuvo en La Vanguardia entre 1969 y 1971, aunque no sepamos, puesto que no se aclara, si es obra del autor, fallecido en el 2009, o del editor del libro. Sea, en fin, de uno u otro, significa que Pereira se consideraba, o era considerado, sobre todo, un escritor de cuentos, opinión que comparto. A propósito de los títulos, en general, recuerda que Magritte defendía que el cuadro era igual a la pintura más el título.

Tampoco está fuera de lugar recordar ahora que su mujer, Úrsula Rodríguez, la U que aparece en sus textos, andaluza, de Jaén, que tanto cuidado puso en la preservación y difusión del legado literario de su marido, falleció en mayo del 2019. Apreciaba la pintura, por lo que compraron obras de Álvaro Delgado, autor de un conocido retrato de nuestro autor, de Cirilo Novillo, etc. Pero, además, en estos diarios aparecen pintores como Vela Zanetti, cuya obra admiran en un viaje a Santo Domingo, Orlando PelayoJuan Carlos Mestre (su mural en el Parador de Villafranca del Bierzo, que lleva el nombre de nuestro autor, quien, además lo protagoniza, bien merece un viaje), o en un comentario sobre la fascinación que le produce ver pintando a Modesto Llamas, para Pereira todo «un espectáculo».

Se ganó la vida como viajante y con un comercio de ferretería y electrodomésticos, llegando a hacer buen dinero, pero su vocación fue la de escritor. «Soy comerciante, me gano la vida vendiendo chismes de electricidad y aparatos eléctricos», comenta en 1970. Se sincera y comenta que vende sus artículos como su padre vendía las hoces. O, por último, confiesa sin empacho: «Soy reacio a los agentes literarios y ‘viajo’ mis propios productos» (pp. 17, 68 y 139). Quizá por juicios como estos, algunos de sus amigos lo definieran –creo que sin maldad— como un cazurro ilustrado. Esas y otras dualidades semejantes afloran en su existencia, pues vivió en la España profunda, en Villafranca del Bierzo (León), si bien tenía un piso en Madrid, en Argüelles; acudía en verano a las fincas de la familia de su mujer en Fuente Orozco (Jaén) o en Polop (Alicante), y durante un tiempo en Fuengirola (desde donde arranca el diario), pero le gustaba recorrer mundo, incluyendo los lugares más exóticos, descansando en lujosos hoteles, disfrutando de la buena vida, en una época en que ese afán viajero no era tan frecuente e inútil como lo ha sido en las últimas décadas. «Viajando se aprende. Navegar es el doctorado», apunta en el diario (pp. 71 y 86).

Esas experiencias, tan distintas, se manifestaban en sus obras de ficción. Por el diario conocemos el origen del cuento «Palabras, palabras para una rusa», uno de mis preferidos, cuya acción transcurre en Moscú, relato que le oí leer en el paraninfo de la UIMP, en Santander, pasando con creces la prueba que él consideraba definitiva, que se sostuviera al leerlo en voz alta. Pero también debo decir que en el diario le saca escaso partido a los viajes (decepciona, por ejemplo, lo poco que nos cuenta de una ciudad tan fascinante como San Petersburgo), aunque confiese que se hubiera quedado a vivir gustoso en Salzburgo, Marrakech o Mondoñedo, sin llegar a explicar por qué.

Pereira fue, en suma, un comerciante de éxito y un escritor, en distintos géneros, que luchó porque su literatura se difundiera, por ser reconocido, aunque me temo que solo lo consiguió en el ámbito de la narrativa breve, donde su obra ha sido muy apreciada. Quizá por ello comente en 1972: «A veces tengo la impresión de ser un poeta mal tratado. (No digo maltratado)», e insiste en 1984: «Creo injusto el relegamiento de mi poesía» (pp. 51 y 203). Y algo semejante debió de pensar sobre sus novelas.

El libro, que pide a gritos un prólogo explicativo («Si estos papeles míos se publicaran algún día, ya me gustaría anunciar yo mismo lo que son y sobre todo, lo que no son», p. 30), aparece dividido en tres partes, que responden a las décadas que transcurren entre 1970 y el 2001. En la primera fecha había publicado ya varios libros de poemas (El regreso, 1964; Del monte y los caminos, 1966; y Cancionero de Sagres, 1969), un volumen de cuentos (Una ventana a la carretera, 1967) y una novela (Un sitio para Soledad, 1970), en la que llegó a depositar unas esperanzas que no se confirmaron, si bien concursó con ella en el Nadal que ganó Álvaro Cunqueiro, sin llegar siquiera a finalista. En julio de ese mismo año, apunta: «Ahora mismo no se puede por nuestros pagos hablar de novelas sin tener presente el fenómeno de los hispanoamericanos». Y no mucho después, se atreve con esta sencilla pero atinada definición: «La poesía es una emoción recordada» (p. 28 y 73).

Pereira era un hombre liberal, y en cierta forma cosmopolita, por lo que llama la atención que votara en blanco en el referéndum de la Constitución, celebrado en 1978, quejándose de que se le diera demasiada cuerda a algunas regiones que se consideraban nacionalidades (p. 135); y las rancias amistades literarias que cultivó, con las correspondientes excepciones. Debió de ser consciente de ello, sin embargo, porque en 1986 comenta que le hubiera gustado relacionarse con Jesús Fernández Santos y su grupo, entre los que cita a Medardo FraileAldecoa y Sánchez Ferlosio. Mostró mucho aprecio por Luis Rosales y Leopoldo Panero, hasta el punto de que se sintió muy molesto con El desencanto, película a la que se refiere en el diario y sobre la que discutimos en uno de los primeros Encuentros de Verines. Y a ese respecto, me sorprende que no se refiera a ellos, al encuentro celebrado en 1987, dedicado al cuento, donde lo conocí, pues esa reunión debió de ser importante para él, como lo fue también para mí.

Le gustaban las tertulias, y frecuentó la del Gijón («En la ‘mesa de los poetas’ del Gijón no he oído jamás hablar de poesía», p. 176) y la de Ínsula, aunque luego se quejara de que en Madrid esos encuentros no le dejaran tiempo para escribir. Sus amigos pululaban alrededor de La Estafeta Literaria, revista rancia, mientras que él anduvo en Juegos Florales y jurados de premios de medio pelo, donde con frecuencia se topaba con los autores del régimen (por ejemplo, con Eugenio Montes, a quien —con ironía— dice envidiarle sus chalecos de fantasía), si bien tampoco faltan nombres que hoy ya son relevantes, como sus paisanos Victoriano CrémerAntonio GamonedaLuis Mateo DíezJuan Pedro Aparicio y José María Merino (con los tres últimos, actuó con éxito en los filandones iniciales), a cuyo trato y amistad podría haberles dedicado más espacio. Elogia al poeta, editor y traductor Enrique Badosa, a UmbralDelibesJuan Carlos Mestre y Antonio Colinas. Le rinde homenaje al sacerdote Antonio G. de Lama, uno de los fundadores de la revista Espadaña, en la que Pereira colaboró, y ¡cosa insólita! reconoce el trabajo de varios historiadores de la literatura y críticos literarios: Ricardo Gullón, Ricardo Senabre y Santos Sanz Villanueva. En cambio, no salen bien parados personajes tan distintos como Cela, González Ruano, Gimferrer, fray Justo Pérez de Urbel, Ramón Carnicer, Benjamín Palencia, Gerardo Diego, «los Labordetas«, e incluso con Carver se muestra reticente. Pero, al respecto, apostilla: «No hago sangre, a lo más [que] me quedo es en la ironía sin llegar al sarcasmo» (p. 300).

Estos apuntes, quizá porque no estuvieran destinados a ser publicados, sin someterlos antes a una estricta revisión («Si alguna vez pienso en su posible publicación, pronto caigo en que sería difícil vender el producto», p. 276), ponen de manifiesto cómo era Pereira, su carácter, preferencias e inquietudes, sus pequeñas vanidades (a lo Poirot, o casi), y su gran sentido del humor, según puede observarse en las preceptivas visitas que le rinde a AleixandreJorge Guillén Borges. A veces se muestra aprensivo, hipocondríaco o ciclotímico, pues reconoce que solía pasar del abatimiento a la euforia. Pero, además, confiesa: «Pierdo mucho tiempo en pijadas» (p. 261). No oculta lo mucho que le atraen las mujeres atractivas, hasta el punto de que se refiere a la cantante Massiel como «mi ídolo sexual» (p. 90). Apreciaba mucho la comida en compañía selecta, por ello nos cuenta que ha compartido mesa con presidentes de Gobierno, ministros y embajadores. Y cuando le preguntan para qué escribe, responde que «para comer y beber con los amigos» (p. 271).

Se observa también, en estas páginas, cómo en sus acercamientos al mundo literario no le falta un punto de escepticismo, de distanciamiento e ironía. Sobre esta, formula una teoría: «La ironía es arma oblicua, pero muy temida por el poder. Los opresores prefieren ser trágicos antes que ridículos» (p. 22). Se vale también de la socarronería, pues parece verle sus imposturas a todo lo que rodea al oficio de escribir, como si al fin y a la postre su mundo más tangible fuera realmente el otro, el de los viajantes de comercio y los ferreteros. Así las cosas, los que tuvimos el placer de tratar con él, solemos recordarlo con unanimidad como un hombre afable, muy divertido y un excelente narrador oral.

Antonio Pereira fue uno de esos escritores que tenían una voz personal, auténtica, y no como tantos otros que solo parecen disponer de una estrategia para medrar. También Pereira hizo lo posible por cobrar famar, pero me parece que sin demasiado tino, a la vez que reconoce su «impaciencia por publicar» (p. 66). No creo que sea este un libro para todos los lectores, aunque los amigos de Pereira disfrutarán, al reconocer en él sus historias, su voz, la manera que tenía de contar. Por último, no quiero dejar de llamar la atención sobre la excelente foto del autor que aparece en la cubierta, obra de J.A. Robés, pues nos muestra quién fue en esencia Antonio Pereira.

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Fernando Valls es profesor de Literatura Española Contemporanea en la Universidad Autónoma de Barcelona y crítico literario

Publicada en Infolibre el 05/06/2020

Las formas de lo que no es amor


FRONTERIZOS (4)
Néstor Mendoza

 El lugar de las palabras asume una postura discursiva, la segunda persona, para señalar un mal que se ensaña, o se ensañó, contra la autora: «tú que conociste todas las formas de lo que no es amor». Un diagnóstico médico, el menos favorable posible, es usado como insumo para escribir estos textos deliberadamente descarnados. Un proyecto de escritura en el que el motivo es la persona y su fragilidad. Pero no es una fragilidad alegórica: quien escribe padece y ve su vida amenazada por una patología real y no imaginada. La imaginación llega como testimonio creador (al recrear el peligro en el poema), o como una manera de dar fe de aquel proceso. Allí está la radiografía y la descripción que hace María Gómez Lara (Bogotá, 1989). El lugar de las palabras es un epíteto para no decir el lugar del cerebro donde se procesa (¿se produce?) el lenguaje. El lugar de las palabras, como nombre, quiere sugerir o encubrir. Quiere ser elíptico. Pudiéramos decir también: El hogar de las palabras. Lo que se propone la poeta bogotana es uno de los tantos esfuerzos por nombrar de nuevo, nombrar después de la batalla; en este caso, la estrategia para suprimir el corazón que crece en una parte de su cerebro. La poeta descubre que la acción de los verbos (la conjugación), y no el simple nombrar, es el recurso que puede salvarla: «qué curioso que el lenguaje se mida con acciones / que hacer sea más fuerte que nombrar / yo pensaba que las palabras más palabras / eran los nombres de las cosas». El lugar de las palabras se construye con poemas sin puntuación, la sintaxis facilita la enumeración de frases asociadas al dolor y al miedo. El decir de María Gómez Lara es terso, líquido, con vocación de cascada. En algunos casos aparece el relato sencillo de lo que ocurre o va a ocurrir en la sala de operaciones. La poeta intenta comprender qué sucede en su cerebro, en esa cicatriz con forma de corazón, y qué sucederá luego del tejido cerebral inflamado y la anestesia. Ella teme por sus palabras. No quiere perder ninguna. Perder las palabras como si se perdiera la propia vida. «También la verdad se inventa», escribe Antonio Machado, y pareciera la misma motivación que se plantea María Gómez Lara. La verdad no en un sentido de objetividad periodística. Una verdad que sólo compete a la autora y su entorno familiar, pero que al salir de los informes médicos y tratamientos e intervenciones quirúrgicas, pasa al ámbito de lo público. La literatura nace cuando escribimos y convertimos los prejuicios en tema. Cuando se convierten los dolores en tema. Volver al cuerpo: esto lo hace María. Vuelve con elegancia pero sin concesiones a su cuerpo, al mal que le diagnostican. Un tumor. Brain tumor unit.

Revista Altazor

Canto guanche – por Álvaro Valverde


Me entero ahora de que el pasado día 16 se fallaron los Premios de la Crítica Valenciana. En poesía, eran finalistas los libros: El dueño del fracaso, de Ramón Bascuñana; La mar desnuda, de Fernando Delgado; Llegar a casa, de José Iniesta; María Cambrils. El despertar de la conciencia, de Ana Noguera; Todas las batallas perdidas, de Joaquín Juan Penalva; Donde da la vuelta el aire, de Mila Villanueva; y Mis fantasmas, de Juan Pablo Zapater. Al final ganó el libro de Delgado. Porque, entre otras cosas, representa «la madurez de un escritor muy completo y diverso a la vez, y que en este caso nos muestra toda su destreza y maestría a través de unos elaborados y poderosos versos, con un ritmo grandioso y una sonora musicalidad», según el jurado.

Rescato esta reseña, que debió publicarse hace meses, sorprendido aún por la noticia. Los premios, ese misterio.

La mar desnuda

Fernando Delgado

Pre-Textos, Valencia, 2019. 100 páginas.

“Es norma generalizada que en España el que es poeta no puede ser otra cosa. O si uno escribe novela ¡ay de él si se le ocurre escribir poesía!”, comentó en una entrevista Antonio Colinas. Sí, aquí es difícil compaginar géneros y a cada escritor se le cataloga sin tener en cuenta esa alternancia. A Delgado (Santa Cruz de Tenerife, 1947) se le ha asignado, junto a la de periodista (fue director de RNE y premio Ondas), la categoría de narrador y, con serlo (ha publicado trece novelas y ganó el Planeta), también es autor de los libros de poesía Urgente palabraMísero temploProceso de adivinacionesAutobiografía del hijoPresencias de cenizaEl pájaro escondido en un museo  y Donde estuve.

La mar desnuda es un libro singular que reúne una primera parte de ocho poemas (acaso la mejor, donde aparece el mar –léase “La mirada del mar”, un diálogo con Sorolla– y los ríos; la carnalidad, el amor y el sexo; la Iglesia de algunos que toman el nombre de Dios en vano o la obra escultórica de Chirino) a la que sigue un extenso libreto para una ópera inconclusa que, como se explica, le encargó el compositor Rodolfo Halfter,” inspirada en la historia de un mencey guanche”, Tanausú, que “optó por la muerte en el mar a favor de su libertad y la de los suyos”. Conforman su estructura varias partes: la inaugural (“El agua vuela”) y cinco más, además de una final (“Epílogo”, esto es, “Paisaje de Millares”, el pintor de las arpilleras, donde el cuadro adquiere la condición de metáfora del relato).

Lo mítico, épico y telúrico –prima lo esdrújulo– se unen para cantar las hazañas del héroe. Abundan los nombres propios (de lugares, personajes o dioses) y las palabras clave: caldera, drago, mar, águila, isla, roque, volcán… Al lector le faltan acaso referencias, pues la teatral cantata carece de notas.

Por otro lado, la inspirada historia legendaria de los aborígenes guanches humillados por el ejército invasor de los Reyes Católicos de España puede que cause cierta fatiga en ese lector ahíto de imaginarias vindicaciones patrióticas.

Destacan, en positivo, más allá del indudable esmero del lenguaje, la fuerza del amor (entre Tanausú y Acerina: “que ya no vivo en mí / sino contigo”), la virtud del fracaso, la denuncia de la traición, la resistencia ante el destino y, sobre todo, el valor de la libertad.

El blog de Álvaro Valverde: https://mayora.blogspot.com/