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Julia Escobar


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Supone para mí un placer triple presentar esta tarde a Julia Escobar. Primero por el cariño que le profeso, segundo por la admiración que dispenso a su obra y tercero por el respeto que me inspira su benemérita labor de traductora. Julia viene siendo además casi desde los momentos inaugurales de la editorial Pre-Textos cómplice, amiga y no pocas veces, todo hay que decirlo, paño de lágrimas ante los no pocos problemas que suelen acaecernos en las arduas y a veces muy incomprendidas lizas editoriales.
Aunque Julia Escobar, deudora a ese respecto de su generación, no se prodiga con carácter precoz como escritora, es, qué duda cabe, una autora poliédrica. Pocas teclas no habrá percutido en su acendrada vocación literaria. Al margen de la encomiable labor que hoy le celebramos, su personalidad de creadora se proyecta tanto en el campo de la poesía como en el de la narración. En este último por cierto se ha atrevido a hacer desde una incursión en el realismo postmoderno con su novela Nadie dijo que fuera fácil hasta a poner a parlamentar a los difuntos en su más reciente La asamblea de los muertos , libro -que me ha cabido la satisfacción de editar en Pre-Textos- con el que su autora no pretende más que hacerse eco de sus obsesiones, reirse de sus propios temores (en fin, darle un susto al miedo) y echar un cuarto de espadas en la espinosa polémica de la supervivencia después de la muerte, incurriendo en ese «absurdo ingenioso» que supone el hecho de materializar un más allá representable y coherente. (más…)

Fluyen permanentes de Julia Escobar


Fluyen permanentes, primer libro de la autora, bien enterada de los caminos de la poesía contemporánea en el mundo -ella es traductora de algunos poetas franceses, como Francis Ponge o Henri Michaux- entra en la lírica por una puerta blindada de conocimientos que podían entorpecer el llano camino de quien se inicia en el fenómeno de la poesía como parte ya viva y activa de ella. Y nuestra primera actitud ante estos poemas es una graciosa conformidad. Un poema es una cuartilla. Algo que empieza en la primera línea de un texto y termina en la última. Para la lectura de esa letra delicada, o atrevida, o amante, o desesperada, o ensoñada, o rebelde, o todo ello a un tiempo, es preferible no saber nada más. Y yo, leyendo Fluyen permantentes, procuraba olvidar lo poco -¿o era ya suficiente?- que sabía de la autora. Era mejor así. Y todo comenzaba a producirse de una manera conforme y consecuente. La poetisa que amaneceía en estas páginas tenía una voz clara, y llegaba al verso con una despejada limpieza. También, en cierto modo, estaba allí la conocedora de poesía. Era entonces difícil olvidar del todo, enfrentarse con una cuartilla desnuda.

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