El País. España
El taller muestra cómo se percibe la realidad a través de los poemas.
El poeta José Watanabe (Laredo, Perú, 1946), hijo de un inmigrante japonés, ha terminado su estancia en la Residencia de Estudiantes, de Madrid (www.residencia.csic.es) con la realización de un taller en el que han participado una veintena de jóvenes poetas sobre ejercicios desde el haiku, forma de poesía tradicional japonesa, y una conferencia sobre la racionalidad frente al haiku.
Leer recensión: el_espiritu_del_haiku.pdf
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Queridos amigos:
Nos ha alegrado mucho vuestra carta. Siempre es motivo de alegría saber que el trabajo que hace uno le puede interesar a otros.
Nosotros, como vosotros, también estamos metidos en esos dos mundos que mencionáis. El de lo fantástico -no hace falta irse lejos- siempre está a nuestro lado, lo difícil, a veces, es saber encontrarlo. Para ello necesitamos permanecer atentos. Atentos a lo que pasa a nuestro alrededor. Saber escuchar es más importante de lo que creemos. Quién nos dice que el pájaro que pía en una rama cercana no nos está diciendo algo. Hay que aprender a escuchar. A escuchar lo que pasa fuera y dentro de nosotros.
En el sitio más insospechado nace la sorpresa, y la sorpresa muchas veces nos la da algo cercano en lo que no nos habíamos fijado antes. Por ejemplo, una tarde que estaba solo, después del trabajo, en mi despacho, me habló un libro. Sí, no hizo falta que se me dirigiese con su voz. Lo hizo a través de una foto que tenía en la cubierta. En dicha foto había una niña con cara muy triste, cubierta con una chaqueta de un adulto, y con la cabeza apoyada en un saco. Me inquietó esa imagen, su mirada perdida, y quise saber de qué iba el libro. Contaba una historia de unos niños que por motivo de una guerra sin sentido, como todas las guerras, se vieron obligados a separarse de sus familias y a viajar a un país extraño a fin de poder salvar sus vidas. La niña de la foto era uno de aquellos niños. Algunos de ellos regresaron a su país una vez terminada la guerra para encontrarse con sus padres. Otros con menos suerte, ya que quedaron huérfanos, permanecieron en el país de acogida y fueron adoptados por otras familias que los educaron como si fueran sus propios hijos. Dichos niños crecieron y ya ancianos desearon volver al país en el que habían nacido. Alguno se quedó, la mayoría regresó porque ya no sabían a qué lugar pertenecían. Lo peor de las guerras, después de la destrucción y muerte que crean, es que nos separan de aquello que queremos. Esa niña con cara triste y la cabeza apoyada en un saco me estaba diciendo todo eso, y una cosa más importante: que cualquier esfuerzo que hagamos por evitar las peleas entre unos y otros será siempre poco. Así me habló esa tarde aquel libro a través de aquella niña. (Leer más…)
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