Archivo del mes de enero de 2005
Por Andés Trapiello. El País. España.
Crítica: El libro de la semana
El filósofo alemán Ernst Jünger prologó dos libros de fotos que muestran una visión de la sociedad de su tiempo (El mundo transformado y El instante peligroso) y que hoy se publican en un solo volumen.
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El volumen que presentamos esta tarde reúne treinta años de anotaciones diarísticas. Con exactitud de 1974 a 2004. Dicha fidelidad a la llamada de la íntima necesidad de establecer un diálogo con uno mismo tal como impone la ley del género diarístico me parece algo descomunal. Descomunal ya no tanto por la acumulación de lo vivido en lo anotado, sino por lo peculiar que nos desvela de una experiencia vital nada común y nada, todo hay que decirlo, distendida. No en balde su propio autor nos dice en el prólogo: «Quien con tanta pena y esfuerzo los escribía».
Este es un libro, creedme, que se puede abrir por cualquiera de sus páginas y empezar a leer, como de nuevas, porque, como diría Andrés Trapiello, otro de nuestros autores más fieles al diario, lo esencial en él es la ausencia de narratividad. El diario es como todos saben el género de la modernidad por su falta de sistema y por su fragmentación.
No hay dos diarios iguales, aunque la tendencia del diarismo español contemporáneo tienda a imitar uno o, si se me apura, dos modelos. Los que cruzan el mar no responde a ninguno de ellos. Pues es un diario que demuestra que el que se ama a sí mismo tanto como el que se odia puede utilizar el diario para conjurar ambos solipsismos. Sostener la atención en un lector de diarios -y el que les habla tiene bastante experiencia al respecto- requiere saber hablar con mucha precisión de uno mismo. Y para eso el diarista, tal como es el caso, tiene que saber muy bien quién es, aunque lo disimule. Debe asumir que se muere y se vive varias veces en la misma vida. (Leer más…)
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Mi primera lectura de El Quijote me ayudó a ver. Me estimuló a vivir constantemente conmovido por el espectáculo de la vida, me impelió a mirar, a sentir la cercanía de los que en apariencia están lejos. O lo que es lo mismo, me ayudó a entender que aquí, entre otras cosas, hemos venido a dar las gracias.
Lo he leído para mí y lo he leído en voz alta, de punta a cabo, para mis amigos. Entre sus páginas uno se encuentra a resguardo de sí mismo, no en un refugio habitado por espectros o proyecciones de su yo, sino por personas en el sentido helénico de la palabra o lo que es lo mismo, por personajes con alma. Es uno de los libros más llenos de vida y verdad que yo haya leído nunca. Es el amigo ideal de los sin amigo.
De su lectura siempre he salido distinto porque es un poco el retrato moral de todos. Es decir, cumple con creces con el precepto de todo clásico: en vez de hablarnos sólo de su autor nos habla de todos nosotros.
Como editor, por otro lado, no tengo más remedio que reconocer que si Cervantes nos confiase hoy El Quijote a muchos de los editores que estamos en activo, es muy probable que su autor no consiguiera verlo publicado. Creo que pocos sabrían sortear el prejuicio de que ese tipo de literatura no es la que reclama la sensibilidad del público lector en la actualidad.
Un libro dolorosamente bello como éste debería renovar, insisto, nuestra gratitud a la vida.
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Supone para mí todo un reto escribir el epílogo para una antología de Juan Manuel Roca que prologa mi admirado y querido poeta Gonzalo Rojas. Me pone el listón muy alto. Como comparto la opinión de que los poemas deben explicarse por sí solos, voy a intentar ser lo más leal posible al espíritu que los alienta.
Creo que el título que he buscado para estas palabras epilogales, el consejo no atendido que en uno de los poemas de su libro Monólogos le da al poeta su abuela, habla con bastante elocuencia de la férrea voluntad sobre la que está construido el armazón poético de Juan Manuel Roca.
Parecen coincidir todos en que desde que publicó Memoria del agua se le reconoce como uno de los poetas colombianos más representativos de su época. A decir de él mismo, los temas que siempre le han interesado han sido de modo recurrente: la libertad, la muerte, el silencio, el agua, la palabra, la noche y «la posibilidad de monologar desde el otro, de uno y los demás, todo esto envuelto en lo que creo es el tema único de mi poesía: el tiempo». Ésa es la unidad interna de su poesía, lo que nos mueve a leerla en voz alta, a compartirla con los otros.
Su poesía, tal como demuestra su oposición a no intentar hacerle nudos al agua, puede considerarse como una vasta reflexión sobre la libertad a través de la imaginación. A esa libertad que requiere, para poder ser asumida, que estemos todos un poco locos. ¿Qué poesía de tono mayor, en el fondo, no es un dilatado, humano y estéril forcejeo contra la muerte?
Juan Manuel Roca es un poeta imaginativo y brillante. Sus versos, sembrados de metáforas prudentes y reflexivas, como señaló Héctor Rojas Herazo, destilan y rezuman aguas de muy distinta índole y procedencia. Creen en la palabra creadora, invocan a la noche en su constante metamorfosis, la atraen hacia sí como un modo de conjurar también la insatisfacción con la realidad tangible, inmediata, «con el cerco de lo real». La noche pertenece al reino de la duda y «sus paisajes dubitativos» siempre le han atraído. La noche impone un clima propicio, cuando opera su desdibujo de la realidad, para la inspiración poética.
Con todo, el tiempo parece ser su tema único. Pero no asumido desde la perspectiva de la nostalgia, no, sino desde la condición ineludible de testigo inherente a todo poeta. Para el peruano Edgar O’Hara «lo sugestivo en la poética de Juan Manuel Roca es la siempre extraña conjunción de una sustancia lingüística con un tiempo indefinido que no se deja someter por nada, y menos por consigna de nadie. Ésa es la función que cumplen -soberanamente, según mi entender- los ciegos y el agua». (Leer más…)
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