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II Premio Internacional de Poesía Juan Rejano-Puente Genil


El Ayuntamiento de Puente Genil, la Fundación Juan Rejano y la Asociación Cultural Poética convocan el II Premio Internacional de Poesía Juan Rejano de Puente Genil.

Un premio dotado en 3.000 euros cuyas bases y cartel han presentado Eva Torres, concejala de Cultura y Antonio Roa, presidente de la Asociación Cultura Poética. La obra ganadora será publicada en la Editorial Pre-Textos.

El plazo de presentación finalizará el 20 de septiembre de 2020 y el fallo del jurado se hará público el día 25 de octubre de 2020. Las obras podrán ser registradas telemáticamente a través de la página web del Ayuntamiento de Puente Genil.

Durante la primera edición, la obra ganadora fue Los lagos de Norteamérica de José Daniel Espejo, obra que ha tenido muy buena acogida y que ya goza de una segunda edición.

Bases completas: bases_ii_premio_internacional_de_poesia_juan_rejano

(Cartel obra de Víctor Almeda Estrada)

Thomas de Quincey. Entre el sueño y los días, por Juan Jiménez García


La monja alférez, de Thomas de Quincey (Pre-Textos) Traducción de Luis Loayza | por Juan Jiménez García

Revista Detour

Podría escribir unas palabras sobre el escritor inglés, pero tras el ensayo de Luis Loayza (traductor, también, de esta edición), De Quincey y la tela de araña, incluido en Libros extraños (editado igualmente por Pre-Textos), me embargaría una profunda vergüenza. Cómo decir algo, otra cosa. Qué sentido tendría. Dudas, siempre dudas. Y sin embargo, no sé, escribir algunas palabras. Que venía de familia adinerada, que lo perdió todo (comprando libros y siendo generoso… empezaba a despuntar como un tipo raro), que se casó con una campesina (el colmo de la desfachatez, en aquel inicio del siglo XIX), que empezó a tomar opio de forma esporádica y acabó consumiendo cantidades históricas (e imposibles). Que escribió pocos libros pero muchos artículos (de ahí provienen las obras que conocemos, por lo general) y que no abandonó Gran Bretaña, aunque viajó mucho a la manera de Flaubert: sin moverse del sitio. Pasó noches enteras, desde el atardecer hasta el alba, sentado inmóvil en una silla frente a la ventana (más allá, el mar). Y luego, la muerte a su alrededor. Siempre, desde pequeño. Luis Loayza escribe que elevó la digresión  a la categoría de arte y puede ser más interesante cuando divaga que cuando se ciñe al tema. Entonces pensé en los hilos del tiempo…

Pensé en Alberto Savinio. Pero ya pensaba en él cuando leía La monja alférez, que podría haber sido una vida más entre aquellas otras que contaban los hombres. Otro Maupassant. Savinio, como De Quincey creía en la digresión, solo  que para él podía ser motivo incluso de una nueva enciclopedia. Hasta su gusto por las notas a pie de página (que son un libro más) comparten (1). El narrador de De Quincey podría ser perfectamente otro Nivasio Dolcemare: es decir, él mismo. Su confuso doble imperfecto. Volvamos a Loayza: Lo que tenemos ante nosotros no son las aventuras de la monja militar española del siglo XVII, sino la conversación de un caballero inglés del XIX que relata, comenta y deforma a su gusto estas aventuras. No olvidemos que mientras el italiano era el gran diletante, entregado al cultivo de innumerables disciplinas y al gusto por la inteligencia, De Quincey era un periodista que intentaba sobrevivir, entre la miseria más absoluta y la más absoluta miseria. Esto, en cierta manera, le llevaba a instalarse entre las líneas de la vida de los demás, sin poder alejarse mucho. Y aún así…

En La monja alférez De Quincey antes que nada cita sus imprecisas fuentes y, con ello, se quita un peso de encima. Ahora ya puede mantener, libre de cargas, esa conversación. Digamos que coge lo que más le interesa, lo que no encuentra lo inventa y lo que no le interesa pues no está. Así Catalina de Erauso, una nueva hija en la familia de un capitán acomodado de San Sebastián, acaba en el convento con unos días, cuando debió de ser a los cuatro años. Allí, Catita, lleva una vida feliz y traviesa, hasta que decide marcharse, en los principios de su adolescencia. Y qué mejor manera para pasar desapercibida en su fuga que hacerse pasar por hombre, decisión que la acompañará buena parte de su vida. En su fuga llega hasta la Corte, que estaba en Valladolid, y de allí a Perú habían dos pasos, con naufragio incluido. Después de juicios, asesinatos, duelos, ejército, batallas, huídas, huídas y huídas, regresa a España, acogida por el rey y la Iglesia, y se convierte en una leyenda, con una muerte digna de ella (de la leyenda, quiero decir).

Y durante toda esa vida de recogimiento involuntario, fuga, transmutación, fuga, muertes, fuga, regreso, muerte, ahí está el escritor inglés y sus opiniones sobre la vida. Porque no debemos olvidar que De Quincey es el autor de El asesinato considerado como una de las bellas artes (2), y, por tanto, un campeón de la ironía, con un demoledor sentido del humor. No es que la vida de la monja alférez fuera muy divertida (tampoco lo fue la de él, por otra parte). Alguna vez pensé que la ironía solo es la forma humorística de la desesperación o de la frustración. De todos eso que nos causa una cierta persistencia de una realidad irreal. Ya no podemos ser, sin más, el niño que destapa la desnudez del emperador. Y vuelvo a dónde empecé, para terminar. Vuelvo a Luis Loayza, para el que la monja alférez perdida en las soledades americanas es un emblema de la violencia universal que De Quincey sintió desde niño. De Quincey, comedor de opio, entre el sueño y los días.


(1) Como las casualidades son solo encuentros fortuitos con lo existente, pensé seguir ese hilo y busqué evidencias del encuentro entre De Quincey y Savinio, separados solo por un centenar de años. Alberto Savinio tomo su seudónimo de Albert Savine, un escritor desconocido y traductor de Oscar Wilde y Thomas de Quincey al francés. Nada más necesitamos.

(2) Cuando apareció La literatura considerada como una tauromaquia, no pocos tomaron el título literalmente (la escritura considerada como una profesión de riesgo, incluso excitante: toda una tentación). Tuvo que salir Michel Leiris, su autor, y no se sabe con cuanta fortuna, para señalar que estaba parafraseando el título de Thomas de Quincey, luego debía ser interpretado como una ironía… Realmente, y a la manera kafkiana, todo el libro se interpretó desde un punto de vista serio y no irónico… Líbrese a los autores de sus intérpretes.

‘Tumbas de agua’, de Miguel Tapia, I Premio de Novela Ciudad de Estepona


El alcalde de Estepona, José María García Urbano y el presidente de la Fundación Manuel Alcántara, Antonio Pedraza Alba han dado hoy a conocer la obra ganadora del I Premio de Novela ‘Ciudad de Estepona’, un certamen literario organizado por el Ayuntamiento de Estepona y la Fundación Manuel Alcántara. Este concurso, que ha generado un importante interés a nivel nacional e internacional, está dotado con 25.000 euros y la publicación de la obra por parte de la prestigiosa editorial Pre-Textos.

La novela que se ha alzado con el prestigioso galardón ha sido Tumbas de agua, del mexicano Miguel Tapia (escritor, traductor y Doctor en Literatura Hispanoamericana por la Universidad Sorbonne-Nouvelle Paris 3. Actualmente es profesor en la Universidad Paris-Est Créteil.)

La obra nos acerca a la historia de Joaquín, Joaco, un joven limpiador de piscinas de origen humilde que trata de preservar la honradez de su entorno íntimo medio podrido.

El jurado, compuesto por Antonio Soler, José Antonio Garriga Vela, Clara Sánchez, Pablo Aranda, Francisco Reyero y Manuel Borrás, ha destacado de la obra ganadora:

Antonio Soler: lo que me llevó a votar la novela Tumbas de agua como ganadora fue su fluidez narrativa y la construcción de la historia manteniendo en todo momento un lenguaje literario de muy buen nivel, lejos de la impostura y los artificios ya usados. Lo mismo ocurre con los diálogos, verosímiles y ricos lingüísticamente hablando. El resultado es el de una narración fresca al tiempo que mantiene el pulso literario en todo el transcurso de la trama argumental.

Clara Sánchez: una novela muy bien construida, con un estilo excelente: sobrio, directo, cercano, empático, que hace muy creíble la historia y a los personajes. Conmueve y emociona.

Antonio Garriga Vela: Un itinerario personal, muy interesante y simbólico, a través de las albercas de distintos barrios de la ciudad, desde la superficie hasta lo más profundo. Una novela que evoca el maravilloso relato de John Cheever “El nadador”

Pablo Aranda: Una novela literaria muy bien construida. En capítulos cortos, de frases e imágenes bien ensartadas, vamos avanzando con muchas ganas de conocer qué va a ocurrir.

Francisco Reyero: El texto está lleno de hallazgos narrativos y mantiene un creciente interés hasta su punto y final.

El alcalde de Estepona, José María García Urbano, ha explicado que con el apoyo a este nuevo proyecto cultural se profundiza en la vinculación de la ciudad con la cultura, la literatura y con los creadores que utilizan el lenguaje y la ficción para ayudarnos a comprender la realidad en la que nos encontramos.

El regidor ha destacado que la obra ganadora merecerá la atención de los lectores cuando sea publicada porque cuenta con el apoyo de autores que se encuentran en la primera línea de la narrativa española contemporánea y que no dudaron en sumarse a esta iniciativa como miembros del jurado.

Por su parte Antonio Pedraza, presidente de Fundación Manuel Alcántara, destacaba que “la excepcional dotación del premio y el prestigio de los componentes del jurado es sobrado respaldo para asegurar la calidad de la obra premiada y convertir la convocatoria en un referente en el reconocimiento a la labor literaria”.

Miguel Tapia, al serle comunicado el fallo del jurado declaró: “es para mí un gran honor y una enorme alegría ser merecedor del I Premio de novela Ciudad de Estepona. Agradezco al Ayuntamiento de la ciudad, a la Fundación Manuel Alcántara y a la editorial Pre-Textos, así como a los miembros del jurado, la confianza mostrada hacia mi trabajo. Como tierra hermana, en la que he pasado numerosas estadías, España y su tradición han sido desde siempre inseparables de mi amor por la literatura. Me llena de satisfacción, asimismo, la idea de ver publicada aquí mi novela, de tema profundamente arraigado en mi tierra de nacimiento, y en particular el verla aparecer bajo el sello de la editorial Pre-Textos, tan querida y admirada en todo el mundo de habla hispana. Gracias de nuevo.”

DATOS DE LA I EDICIÓN DEL PREMIO
El Premio de Novela ‘Ciudad de Estepona’ tiene el objetivo de apoyar y estimular la creación literaria premiando la mejor novela entre todas las obras presentadas, y está considerado uno de los galardones literarios con más proyección en todo el territorio nacional.

En esta primera convocatoria se han recibido 329 novelas enmarcadas, en su mayoría, en la narrativa, con interesantes aportaciones en géneros como ciencia-ficción, histórica, novela negra y biografía.

Dentro del ámbito nacional, destacan por su alta participación Madrid y Barcelona, seguidas de Andalucía, Valencia, Cantabria, Aragón y Extremadura. También hay participación de las Islas Canarias y Baleares.

En cuanto a las novelas recibidas del extranjero, aproximadamente un 22% del total, se han recibido principalmente de los siguientes países: Suiza, Alemania, Francia, Egipto, Marruecos, Bélgica, Canadá, Argentina, Cuba, E.E.U.U., Colombia, Guatemala, Puerto Rico, México, Venezuela y Costa Rica.

Miguel Tapia nació en Culiacán, Sinaloa (México) en 1972. Ha estudiado ingeniería, literatura, música y periodismo, y ha ejercido estos y otros oficios en su ciudad natal, la Ciudad de México, Barcelona y París. Es autor del libro de cuentos Señor de señores y Los caimanes (Almadía, 2010) y de la novela Los ríos errantes (Ediciones Era, 2017). Sus relatos han aparecido en varias antologías, entre ellas Norte. Una antología (Ediciones Era, 2016) y Des nouvelles du Mexique (Métailié, 2009). Ha publicado también narrativa, traducciones y ensayos en medios de México, Colombia, Argentina, Francia y España. Es doctor en literatura hispanoamericana por la Universidad Sorbonne-Nouvelle Paris 3, donde enseñó durante unos años. Actualmente es profesor en la Universidad Paris-Est Créteil.

XXXIV edición del Premio Internacional de Poesía Antonio Oliver Belmás


La Concejalía de Cultura y la Universidad Popular del Ayuntamiento de Cartagena convocan la XXXIV edición del Premio Internacional de Poesía Antonio Oliver Belmás.

Al concurso literario, cuyo premio está dotado con 7.200 euros y la publicación de la obra en la Editorial Pre-Textos, podrán concursar todos los poetas que lo deseen, sea cual sea su nacionalidad.

Descargar las bases completas: Premio de Poesia Antonio Oliver Belmas 2020.

Plazo de entrega: 16 de octubre de 2020
Fallo del jurado: 16 de noviembre de 2020

Un ensayo sobre la poesía de Vázquez Montalbán gana el XX Premio Gerardo Diego de Investigación Literaria


El Premio Internacional Gerardo Diego de Investigación Literaria, convocado anualmente por la Fundación Gerardo Diego, en colaboración con la Consejería de Cultura del Gobierno de Cantabria y el Ayuntamiento de Santander, se otorga a ensayos inéditos sobre temas relativos a la poesía española de los siglos XX y XXI. Este Premio es un homenaje al poeta Gerardo Diego y a su labor como teórico y crítico de poesía. La primera convocatoria fue en el año 2001.

Un jurado compuesto por:

Francisco Javier Díez de Revenga Torres (Catedrático de Literatura Española de la Universidad de Murcia).
María del Pilar Palomo Vázquez (Catedrática de Literatura Española de la Universidad Complutense de Madrid).
Rosa Navarro Durán (Catedrática de Literatura Española de la Universidad de Barcelona).
Antonio Sánchez Trigueros (Catedrático de Teoría de la Literatura de la Universidad de Granada).
Juan Luis Bernal Salgado (Catedrático de Literatura Española de la Universidad de Extremadura).

ha concedido por unanimidad el XX Premio Internacional Gerardo Diego de Investigación Literaria al ensayo

MEZCLANDO MEMORIA Y DESEO: LA POESÍA DE MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN (1963 – 2003) de  SERGIO GARCÍA GARCÍA

⇒ Noticia en 20 minutos: https://bit.ly/2CSDMNC

Anne Carson gana el Princesa de Asturias de las Letras


La poeta canadiense Anne Carson, que el próximo domingo cumplirá 70 años, acaba de ganar el premio Princesa de Asturias de las Letras. Nacida en Toronto en 1950 y afincada en Nueva York, Carson es uno de los nombres clave de la literatura anglosajona actual. Profesora de filología clásica, en su obra confluyen el conocimiento de los griegos antiguos y la expresión de su intimidad familiar, las peripecias amorosas de los dioses olímpicos y su propio divorcio, la muerte del hermano de Cayo Valerio Catulo en el siglo I y la de su hermano en el año 2000. Según el jurado, presidido por el director de la Real Academia Española, Santiago Muñoz Machado, la recién premiada ha construido desde el mundo grecolatino una poesía en la que “la vitalidad del gran pensamiento clásico funciona a la manera de un mapa que invita a dilucidar las complejidades del momento actual”.

Seguir leyendo en ⇒ https://bit.ly/3glG4Dx

III Premio Internacional de Poesía Margarita Hierro


La Fundación Centro de Poesía José Hierro convoca con con el patrocinio del Ayuntamiento de Getafe el III Premio Internacional de Poesía Margarita Hierro.
El premio tiene su raíz histórica en el certamen homónimo que se celebró entre 2005 y 2011 y ahora resurge con fuerza y savia nuevas y con idéntico sentimiento de homenaje a la figura de Margarita Hierro, fundadora de este proyecto. El premio cuenta con dotación económica, la publicación en la Editorial Pre-Textos y una escultura diseñada por José Hierro.

Consultar aquí las bases completas.

Plazo de entrega: 15 de octubre 2020

XXXVIII Premios Literarios Ciutat de València


El Excmo. Ayuntamiento de Valencia convoca los XXXVIII Premios Literarios Ciutat de València en sus cuatro modalidades: narrativa, poesía, teatro y ensayo, cada uno de ellos en valenciano y castellano. Los premios cuentan con dotación económica y la publicación de las obras premiadas de narrativa, poesía y ensayo en castellano en la Editorial Pre-Textos.

Consultar aquí las bases completas.

Plazo de entrega: del 10 de junio al 22 de julio de 2020

Ver todos los libros ganadores de las ediciones anteriores.

Antonio Pereira, entre la seda y el hierro


Estos apuntes, quizá porque no estuvieran destinados a ser publicados, ponen de manifiesto cómo era Pereira, su carácter, sus pequeñas vanidades y su gran sentido del humor.

Él fue uno de esos escritores que tenían una voz personal, auténtica, y no como tantos otros que solo parecen disponer de una estrategia para medrar.

Como un dietario se presenta este libro en la contracubierta, aunque en un par de entradas el autor dude de la adscripción a dicho género. Así, se refiere con displicencia a estas páginas como «diario o agenda o lo que sea», y en una de las entradas más interesantes, correspondiente a 1992, completa la reflexión: «No suelo pensar en por qué redacto estas notas, que no son lo que se dice un diario» (pp. 80 y 276). En realidad, han sido el semillero que alimentó libros misceláneos del autor, como La divisa en la torre (2007), donde ya aparecen recogidos algunos de estos textos, si bien presentados como cuentos o artículos. Sea como fuere, si a algún género clásico pudiera adscribirse este conjunto de prosas sería al diario, pues por su estructura y tono, cada una de las entradas aparece titulada, lo que no resulta frecuente, y fechada, de modo que es como lo recibirán buena parte de los lectores. Siguiendo con la definición de los géneros, le critica a Michel Tournier —asiste a una conferencia suya en 1992— que no aclare las diferencias entre conte, récit y nouvelle. Pero, al mismo tiempo, desaprovecha la ocasión de aclaranos qué pensaba él sobre este asunto. Y a tenor de lo que comenta, siguiendo el ejemplo de Las afueras, de Luis Goytisolo, un ciclo de cuentos, cree viable convertir unos relatos en novela.

El título del libro proviene del nombre de la sección que Pereira mantuvo en La Vanguardia entre 1969 y 1971, aunque no sepamos, puesto que no se aclara, si es obra del autor, fallecido en el 2009, o del editor del libro. Sea, en fin, de uno u otro, significa que Pereira se consideraba, o era considerado, sobre todo, un escritor de cuentos, opinión que comparto. A propósito de los títulos, en general, recuerda que Magritte defendía que el cuadro era igual a la pintura más el título.

Tampoco está fuera de lugar recordar ahora que su mujer, Úrsula Rodríguez, la U que aparece en sus textos, andaluza, de Jaén, que tanto cuidado puso en la preservación y difusión del legado literario de su marido, falleció en mayo del 2019. Apreciaba la pintura, por lo que compraron obras de Álvaro Delgado, autor de un conocido retrato de nuestro autor, de Cirilo Novillo, etc. Pero, además, en estos diarios aparecen pintores como Vela Zanetti, cuya obra admiran en un viaje a Santo Domingo, Orlando PelayoJuan Carlos Mestre (su mural en el Parador de Villafranca del Bierzo, que lleva el nombre de nuestro autor, quien, además lo protagoniza, bien merece un viaje), o en un comentario sobre la fascinación que le produce ver pintando a Modesto Llamas, para Pereira todo «un espectáculo».

Se ganó la vida como viajante y con un comercio de ferretería y electrodomésticos, llegando a hacer buen dinero, pero su vocación fue la de escritor. «Soy comerciante, me gano la vida vendiendo chismes de electricidad y aparatos eléctricos», comenta en 1970. Se sincera y comenta que vende sus artículos como su padre vendía las hoces. O, por último, confiesa sin empacho: «Soy reacio a los agentes literarios y ‘viajo’ mis propios productos» (pp. 17, 68 y 139). Quizá por juicios como estos, algunos de sus amigos lo definieran –creo que sin maldad— como un cazurro ilustrado. Esas y otras dualidades semejantes afloran en su existencia, pues vivió en la España profunda, en Villafranca del Bierzo (León), si bien tenía un piso en Madrid, en Argüelles; acudía en verano a las fincas de la familia de su mujer en Fuente Orozco (Jaén) o en Polop (Alicante), y durante un tiempo en Fuengirola (desde donde arranca el diario), pero le gustaba recorrer mundo, incluyendo los lugares más exóticos, descansando en lujosos hoteles, disfrutando de la buena vida, en una época en que ese afán viajero no era tan frecuente e inútil como lo ha sido en las últimas décadas. «Viajando se aprende. Navegar es el doctorado», apunta en el diario (pp. 71 y 86).

Esas experiencias, tan distintas, se manifestaban en sus obras de ficción. Por el diario conocemos el origen del cuento «Palabras, palabras para una rusa», uno de mis preferidos, cuya acción transcurre en Moscú, relato que le oí leer en el paraninfo de la UIMP, en Santander, pasando con creces la prueba que él consideraba definitiva, que se sostuviera al leerlo en voz alta. Pero también debo decir que en el diario le saca escaso partido a los viajes (decepciona, por ejemplo, lo poco que nos cuenta de una ciudad tan fascinante como San Petersburgo), aunque confiese que se hubiera quedado a vivir gustoso en Salzburgo, Marrakech o Mondoñedo, sin llegar a explicar por qué.

Pereira fue, en suma, un comerciante de éxito y un escritor, en distintos géneros, que luchó porque su literatura se difundiera, por ser reconocido, aunque me temo que solo lo consiguió en el ámbito de la narrativa breve, donde su obra ha sido muy apreciada. Quizá por ello comente en 1972: «A veces tengo la impresión de ser un poeta mal tratado. (No digo maltratado)», e insiste en 1984: «Creo injusto el relegamiento de mi poesía» (pp. 51 y 203). Y algo semejante debió de pensar sobre sus novelas.

El libro, que pide a gritos un prólogo explicativo («Si estos papeles míos se publicaran algún día, ya me gustaría anunciar yo mismo lo que son y sobre todo, lo que no son», p. 30), aparece dividido en tres partes, que responden a las décadas que transcurren entre 1970 y el 2001. En la primera fecha había publicado ya varios libros de poemas (El regreso, 1964; Del monte y los caminos, 1966; y Cancionero de Sagres, 1969), un volumen de cuentos (Una ventana a la carretera, 1967) y una novela (Un sitio para Soledad, 1970), en la que llegó a depositar unas esperanzas que no se confirmaron, si bien concursó con ella en el Nadal que ganó Álvaro Cunqueiro, sin llegar siquiera a finalista. En julio de ese mismo año, apunta: «Ahora mismo no se puede por nuestros pagos hablar de novelas sin tener presente el fenómeno de los hispanoamericanos». Y no mucho después, se atreve con esta sencilla pero atinada definición: «La poesía es una emoción recordada» (p. 28 y 73).

Pereira era un hombre liberal, y en cierta forma cosmopolita, por lo que llama la atención que votara en blanco en el referéndum de la Constitución, celebrado en 1978, quejándose de que se le diera demasiada cuerda a algunas regiones que se consideraban nacionalidades (p. 135); y las rancias amistades literarias que cultivó, con las correspondientes excepciones. Debió de ser consciente de ello, sin embargo, porque en 1986 comenta que le hubiera gustado relacionarse con Jesús Fernández Santos y su grupo, entre los que cita a Medardo FraileAldecoa y Sánchez Ferlosio. Mostró mucho aprecio por Luis Rosales y Leopoldo Panero, hasta el punto de que se sintió muy molesto con El desencanto, película a la que se refiere en el diario y sobre la que discutimos en uno de los primeros Encuentros de Verines. Y a ese respecto, me sorprende que no se refiera a ellos, al encuentro celebrado en 1987, dedicado al cuento, donde lo conocí, pues esa reunión debió de ser importante para él, como lo fue también para mí.

Le gustaban las tertulias, y frecuentó la del Gijón («En la ‘mesa de los poetas’ del Gijón no he oído jamás hablar de poesía», p. 176) y la de Ínsula, aunque luego se quejara de que en Madrid esos encuentros no le dejaran tiempo para escribir. Sus amigos pululaban alrededor de La Estafeta Literaria, revista rancia, mientras que él anduvo en Juegos Florales y jurados de premios de medio pelo, donde con frecuencia se topaba con los autores del régimen (por ejemplo, con Eugenio Montes, a quien —con ironía— dice envidiarle sus chalecos de fantasía), si bien tampoco faltan nombres que hoy ya son relevantes, como sus paisanos Victoriano CrémerAntonio GamonedaLuis Mateo DíezJuan Pedro Aparicio y José María Merino (con los tres últimos, actuó con éxito en los filandones iniciales), a cuyo trato y amistad podría haberles dedicado más espacio. Elogia al poeta, editor y traductor Enrique Badosa, a UmbralDelibesJuan Carlos Mestre y Antonio Colinas. Le rinde homenaje al sacerdote Antonio G. de Lama, uno de los fundadores de la revista Espadaña, en la que Pereira colaboró, y ¡cosa insólita! reconoce el trabajo de varios historiadores de la literatura y críticos literarios: Ricardo Gullón, Ricardo Senabre y Santos Sanz Villanueva. En cambio, no salen bien parados personajes tan distintos como Cela, González Ruano, Gimferrer, fray Justo Pérez de Urbel, Ramón Carnicer, Benjamín Palencia, Gerardo Diego, «los Labordetas«, e incluso con Carver se muestra reticente. Pero, al respecto, apostilla: «No hago sangre, a lo más [que] me quedo es en la ironía sin llegar al sarcasmo» (p. 300).

Estos apuntes, quizá porque no estuvieran destinados a ser publicados, sin someterlos antes a una estricta revisión («Si alguna vez pienso en su posible publicación, pronto caigo en que sería difícil vender el producto», p. 276), ponen de manifiesto cómo era Pereira, su carácter, preferencias e inquietudes, sus pequeñas vanidades (a lo Poirot, o casi), y su gran sentido del humor, según puede observarse en las preceptivas visitas que le rinde a AleixandreJorge Guillén Borges. A veces se muestra aprensivo, hipocondríaco o ciclotímico, pues reconoce que solía pasar del abatimiento a la euforia. Pero, además, confiesa: «Pierdo mucho tiempo en pijadas» (p. 261). No oculta lo mucho que le atraen las mujeres atractivas, hasta el punto de que se refiere a la cantante Massiel como «mi ídolo sexual» (p. 90). Apreciaba mucho la comida en compañía selecta, por ello nos cuenta que ha compartido mesa con presidentes de Gobierno, ministros y embajadores. Y cuando le preguntan para qué escribe, responde que «para comer y beber con los amigos» (p. 271).

Se observa también, en estas páginas, cómo en sus acercamientos al mundo literario no le falta un punto de escepticismo, de distanciamiento e ironía. Sobre esta, formula una teoría: «La ironía es arma oblicua, pero muy temida por el poder. Los opresores prefieren ser trágicos antes que ridículos» (p. 22). Se vale también de la socarronería, pues parece verle sus imposturas a todo lo que rodea al oficio de escribir, como si al fin y a la postre su mundo más tangible fuera realmente el otro, el de los viajantes de comercio y los ferreteros. Así las cosas, los que tuvimos el placer de tratar con él, solemos recordarlo con unanimidad como un hombre afable, muy divertido y un excelente narrador oral.

Antonio Pereira fue uno de esos escritores que tenían una voz personal, auténtica, y no como tantos otros que solo parecen disponer de una estrategia para medrar. También Pereira hizo lo posible por cobrar famar, pero me parece que sin demasiado tino, a la vez que reconoce su «impaciencia por publicar» (p. 66). No creo que sea este un libro para todos los lectores, aunque los amigos de Pereira disfrutarán, al reconocer en él sus historias, su voz, la manera que tenía de contar. Por último, no quiero dejar de llamar la atención sobre la excelente foto del autor que aparece en la cubierta, obra de J.A. Robés, pues nos muestra quién fue en esencia Antonio Pereira.

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Fernando Valls es profesor de Literatura Española Contemporanea en la Universidad Autónoma de Barcelona y crítico literario

Publicada en Infolibre el 05/06/2020

Las formas de lo que no es amor


FRONTERIZOS (4)
Néstor Mendoza

 El lugar de las palabras asume una postura discursiva, la segunda persona, para señalar un mal que se ensaña, o se ensañó, contra la autora: «tú que conociste todas las formas de lo que no es amor». Un diagnóstico médico, el menos favorable posible, es usado como insumo para escribir estos textos deliberadamente descarnados. Un proyecto de escritura en el que el motivo es la persona y su fragilidad. Pero no es una fragilidad alegórica: quien escribe padece y ve su vida amenazada por una patología real y no imaginada. La imaginación llega como testimonio creador (al recrear el peligro en el poema), o como una manera de dar fe de aquel proceso. Allí está la radiografía y la descripción que hace María Gómez Lara (Bogotá, 1989). El lugar de las palabras es un epíteto para no decir el lugar del cerebro donde se procesa (¿se produce?) el lenguaje. El lugar de las palabras, como nombre, quiere sugerir o encubrir. Quiere ser elíptico. Pudiéramos decir también: El hogar de las palabras. Lo que se propone la poeta bogotana es uno de los tantos esfuerzos por nombrar de nuevo, nombrar después de la batalla; en este caso, la estrategia para suprimir el corazón que crece en una parte de su cerebro. La poeta descubre que la acción de los verbos (la conjugación), y no el simple nombrar, es el recurso que puede salvarla: «qué curioso que el lenguaje se mida con acciones / que hacer sea más fuerte que nombrar / yo pensaba que las palabras más palabras / eran los nombres de las cosas». El lugar de las palabras se construye con poemas sin puntuación, la sintaxis facilita la enumeración de frases asociadas al dolor y al miedo. El decir de María Gómez Lara es terso, líquido, con vocación de cascada. En algunos casos aparece el relato sencillo de lo que ocurre o va a ocurrir en la sala de operaciones. La poeta intenta comprender qué sucede en su cerebro, en esa cicatriz con forma de corazón, y qué sucederá luego del tejido cerebral inflamado y la anestesia. Ella teme por sus palabras. No quiere perder ninguna. Perder las palabras como si se perdiera la propia vida. «También la verdad se inventa», escribe Antonio Machado, y pareciera la misma motivación que se plantea María Gómez Lara. La verdad no en un sentido de objetividad periodística. Una verdad que sólo compete a la autora y su entorno familiar, pero que al salir de los informes médicos y tratamientos e intervenciones quirúrgicas, pasa al ámbito de lo público. La literatura nace cuando escribimos y convertimos los prejuicios en tema. Cuando se convierten los dolores en tema. Volver al cuerpo: esto lo hace María. Vuelve con elegancia pero sin concesiones a su cuerpo, al mal que le diagnostican. Un tumor. Brain tumor unit.

Revista Altazor